PUNTAJE
3/5Recomendado

Con un elenco pequeño pero sumamente conciso y bien articulado, The Beguiled arribó a las pantallas de los cines argentinos el pasado 27 de octubre, habiendo sido estrenada cuatro meses atrás en salas estadounidenses. Es en estas tierras donde se desarrolla la trama, y más precisamente, en un período histórico muy significativo para los norteamericanos: la guerra de secesión. Norte y sur peleando a mediados del siglo XIX, casi un centenar luego de su independencia, por la constitución del Estado, por concepciones económicas opuestas y por la libertad de la posesión de esclavos. Siendo una guerra civil tanto el aliado como el enemigo pertenecen al mismo suelo, por lo que el discernimiento en relación a los verdaderos propósitos e intenciones de los seres humanos se nubla. Es este el tema fundamental de la película de Sofía Coppola que le valió el premio a mejor dirección en el festival de Cannes y que retoma la novela de 1966 de Thomas P. Cullinan y la película dirigida por Don Siegel en 1971.

Una versión de las hermanas Bennett pero de este lado del charco se encuentra reducida y aislada en un instituto para señoritas en el campo sureño del estado de Virginia. Los esclavos han huido, los hombres están peleando como soldados y la vida en la escuela de la Señora Martha Farnsworth se congela, dando lugar a un espacio donde el tiempo parece no transcurrir y el aspecto de cotidianeidad se mantiene. Sólo los hombres, al igual que en la tierra de las Amazonas, son capaces de traer la realidad a la vida de estas mujeres, ya que la guerra aparece como algo ajeno, que sucede a lo lejos: sólo se escuchan los ruidos de las detonaciones de los cañones mientras se espera a que el conflicto cese.

Con la llegada del soldado enemigo que irrumpe en escena luego de desertar del ejército de la Unión, el mundo masculino, de lo exterior y lo público, se inserta en el terreno de lo femenino, es decir, en el mundo íntimo del hogar; el uniforme y las armas del soldado se funden con las labores artesanales del tejido, el bordado, la música y el canto. Las diferentes edades dan un paneo general a las distintas etapas de la sexualidad a lo largo de la vida de una mujer y las formas que esta adopta, desde aquella inocente atracción, pasando por los primeros coqueteos hasta llegar al acto sexual como culminación y ejercicio pleno de ella; todo esto acompañado por los ritos y signos acordes a los momentos vitales de las protagonistas. Las miradas, la vestimenta, lo que se muestra y lo que se oculta, los gestos y ademanes propios de cada etapa son representados por las actrices de manera muy efectiva, así como también la rebeldía y la transgresión que la relación con McBurney les genera. El soldado va mutando su identidad según sea la mujer con la que interactúe, adquiriendo configuraciones de personalidad distintas, en función de lograr la captación de las voluntades de cada personaje con el que se relaciona. Esta suerte de actitud camaléonica hace que él represente algo diferente para cada una de ellas: un amante, un amigo, un peligro. Pero también este hombre hace que su relación con ellas mismas en lo que respecta a la sexualidad que forma parte de sus identidades. Así mismo, la interacción con este hombre trae el despertar de la femineidad socialmente concebida, antes no requerida en un mundo de mujeres. Las tertulias y los rituales de protocolo en reuniones a las que las señoritas asisten al ser presentadas en sociedad arriban prematuramente en la vida de alguna de estas jóvenes en la que el único espectador es este hombre conocido y desconocido a la vez. De esta manera los seres humanos se ven transformados en mujeres, es decir que, siguiendo la línea teórica de Simone de Beauvoir, adoptan el rol asignado desde un programa de vida socialmente instituido y pasan de la practicidad a la coquetería del encaje y las perlas, de la capilla al salón de música, de la cocina al comedor, del trabajo a la diversión. Las mujeres fluctúan hacia múltiples direcciones tensionadas entre el deseo y el deber, la intriga, la vanidad, la adulación, la interpelación moral, el desprecio, el miedo, la obsesión y el asesinato.

El lenguaje audiovisual es fluido y simple, aunque cargado de detalles para el espectador atento a los sutiles artilugios que comunican tanto desde la composición de la escena como desde el desenvolvimiento de los personajes. Si bien se ha considerado la línea estética del cuento de hadas, rápidamente la oscuridad se adueña de cada uno de los corazones de estas damiselas en apuro para dar rienda suelta a la ferocidad del ser humano que buscará satisfacer sus deseos o aniquilar sus miedos. Hacia el final, las mujeres se unen para protegerse de un enemigo más peligroso que cualquier conflicto bélico: el deseo masculino desbordado. Una vez saciado su instinto animal, el soldado recupera su aspecto caballeresco y seductor para interpretar el papel que le ha sido asignado. Son las manos femeninas las que cargan con el destino de este hombre, magistralmente hilvanado literal y figuradamente en la última escena. En este film nadie es lo que simula ser y nadie es inocente.