PUNTAJE
5/5Imprescindible

One-Punch Man es el nombre de un web cómic creado en 2009 por el artista japonés One. Su obra resultó tan exitosa que fue adaptada al manga y, en 2015, se lanzó una versión en animé: hasta ahora cuenta con una temporada, recientemente subida a Netflix, y una segunda está en camino. La versión en animé (que es precisamente de la cual voy a decir un par de cosas) está protagonizada por Saitama, un joven que se ha convertido en el superhéroe más fuerte del mundo, y que con un solo golpe de puño es capaz de matar a cualquier rival.

Tradicionalmente, en las historias de héroes, la fuerza del personaje principal va creciendo de forma paralela a sus objetivos o motivaciones, como dialogando; así, el sentido de estas narraciones se funda en el hecho de que hay algo más poderoso que el protagonista (generalmente un villano o un estado de cosas, pero también una circunstancia personal) que debe ser superado. En OPM están presentes estos elementos, pero dados vuelta, y eso es lo que la vuelve tan entretenida. Su protagonista es desde el comienzo el personaje más poderoso, por lo tanto ni el esfuerzo ni la emoción están presentes en sus combates. Tampoco hay un pasado épico o extraordinario, ya que adquirió su fuerza al cumplir una rutina elemental de gimnasio durante un año y medio. Saitama es apático, le aburren las explicaciones de sus rivales y nunca presta atención a los detalles. Su propia historia se reduce a la frase que, casi como un mantra, se esfuerza por aclarar antes de cada combate: “sólo soy alguien que tiene como pasatiempo ser un superhéroe”.

El humor es entonces uno de los mayores atractivos de la serie. La otra pata son las escenas de acción: la animación de los combates es perfecta. Pero el elemento que, me parece, termina de dar un sentido de totalidad a OPM es la tensión interna que atraviesa al protagonista, y que se vincula directamente con la estructura de este universo ficticio. Al margen de los constantes ataques e intentos de dominación que sufren las ciudades por parte de monstruos y villanos, el mundo que habita Saitama parece ser un lugar bastante estable. En realidad, la repetición de estos eventos constituye en sí misma una determinada forma de orden. Como contrapartida existe una Asociación de Superhéroes, burocratizada y profesionalizada, que se dedica a combatir el crimen y a defender las ciudades de los villanos. La estabilidad de este universo se ve reflejada en el respeto absoluto por las jerarquías de la Asociación, y en el reconocimiento social que adquieren los superhéroes que mejor se ubican en ese ranking.

El problema del protagonista se juega en la oposición entre el “mundo real” y un “mundo de las apariencias”. Su situación es paradójica porque, habiendo alcanzado sus objetivos “reales” (volverse el hombre más fuerte), las representaciones sociales no reflejan para nada ese éxito. La Asociación de Superhéroes lo ubica en una posición ridículamente baja (por lo tanto le asignan tareas insignificantes; por lo tanto le pagan poco dinero). Por otro lado, la prensa y la opinión pública no lo dejan muy bien parado que digamos: Saitama pasa de ser un perfecto desconocido, a ser confundido con un villano, y luego a ser acusado de fraude. Los límites o desafíos que el protagonista no encuentra en el terreno de la lucha se le presentan, entonces, bajo la forma de las convenciones sociales y el mundo público, porque son la única cosa que escapa a su poder y a su voluntad. Bajo este punto de vista el universo de OPM puede parecer bastante asfixiante, al poner en posiciones tan alejadas el talento individual y el éxito social o económico. Pero aquí el planteo es llevado al extremo: ni siquiera teniendo superpoderes sería posible escapar de los mandatos sociales ni de la burocratización de la vida.

Inicialmente Saitama se convierte en superhéroe por motivación propia, como un pasatiempo, y en relación a un sentido de la justicia. Pero al volverse invencible pierde toda emoción por las batallas (si bien mantiene la esperanza de encontrar rivales más poderosos). Este sentimiento de frustración se compensa, de alguna manera, con un interés intermitente por su impacto y su posición en la sociedad. Puede ser que la victoria en los combates la tenga asegurada, pero no sucede lo mismo con el cumplimiento de las tareas que le encarga la Asociación, el ascenso en el ranking de héroes, el reconocimiento de los demás ni la obtención de dinero. No se trata de vanidad, sino de las pocas emociones auténticas que aún conserva, asociadas a aquellas cosas frente a las que se encuentra tan vulnerable como cualquiera de nosotros. Como no hay evolución posible en lo que respecta a su fuerza o a sus capacidades físicas, el crecimiento del héroe se dará en este terreno de comprensión o “maduración” interior: cuando se presente la posibilidad de la fama individual, la pregunta será a qué precio, y qué efectos tendría sobre el prestigio de los demás héroes (especialmente los más débiles).

En resumen: OPM hace reír a través de parodias y referencias captables para cualquiera que haya visto algún animé tipo Dragon Ball, tiene unas animaciones espectaculares, y sobre todo cuenta con una estructura argumentativa y un universo narrativo muy bien logrados. Si ya la viste sabrás que es una genialidad. Y si sos de los que llegó tarde como yo, tenés que mirarla.