PUNTAJE
3.5/5Recomendado

En la escena final de Jumanji, el protagonista llamado Alan, interpretado por Robin Williams, luego de veintiséis años deambulando por el juego e intentando completarlo, logra regresar a 1969, pasa de ser un adulto a ser nuevamente un adolescente, y su vida sigue como si nada hubiera ocurrido. Algo similar ocurre cuando, sentados en la sala a punto de ver Los increíbles 2, y luego de una escena que establece el clima (misterio y espionaje, con una cuota de humor), una historia continúa. Como si nunca hubiéramos dejado la sala de cine en la que vimos Los increíbles hace ya catorce años, observamos a la super familia lidiar con la amenaza del hombre topo. Se trata de una continuación inmediata e ‘in medias res’,  que tiene un efecto extraño, de tiempo paralizado, de un momento detenido hace años que se reactiva. Los increíbles 2 nos regresa a su universo como si nunca hubiéramos salido de él, como si solo nos hubiéramos dormido unos segundos en esa sala tiempo atrás. Y allí están de nuevo: la ambientación sesentista con sus televisores redondeados, sus interiores a lo Verner Panton y sus gadgets futuristas, y una banda sonora que, al igual que la primera, se encarga de dar cuerpo a los guiños del guión hacia el cine de espías, hijo de James Bond.

Retomando la dirección y la escritura del guión, Bird apuesta por una fórmula muy similar a la primera, que tanto resultado había dado. La escena con la que finaliza la película anterior es aquí preludio a la historia nueva. El gesto señala desde el principio el camino elegido por Pixar, ese mismo que viene optando desde Toy Story 3: el reencuentro. De los espectadores en la sala con un momento años atrás, y de los personajes consigo mismos, impulsados hacia un futuro desconocido. Dos proyecciones que conjugan un mismo gesto: el espectador crece y el personaje debe también crecer.

El guión, algo repetitivo (no escapa esta película a la tendencia de todas las continuaciones de Pixar) hace recordar una idea que puede funcionar como mantra para toda secuela: repetición y algo más. Eso intenta (como intentan, con menor éxito, las demás continuaciones de Pixar) Los increíbles 2. Allí tenemos al villano, que es el mismo que en la primera pero al mismo tiempo es distinto: es un pequeño avance, un pasito adelante, otra vuelta de tuerca a la misma premisa, a los mismos temas: la relación entre la sociedad y los ‘super’. (Leves spoilers a continuación). En la primera, el malo, Síndrome, habiéndole sido negada la oportunidad de ser héroe por su falta de poderes, utiliza la tecnología para volverse uno, y, eventualmente, llevar esa posibilidad a todos. Como una suerte de Prometeo castigado por los dioses (aquí el guionista), lo mata el azar de aterrizar en una turbina. En Los increíbles 2 el villano pretende lo mismo, pero distinto: eliminar el privilegio de los super manchando su imagen para siempre, volviéndolos innecesarios a los ojos del público, quitándoles el poder que la sociedad les da al depositar en ellos su tranquilidad.  Sabemos, como espectadores, que el malo no va a triunfar; que la idea que representa, la tesis que pone a prueba con sus acciones y que nunca prevalece, es la errada. Parece que, al igual que en los mitos griegos donde el rebelde al orden de los dioses es castigado y usado como ejemplo, el universo de Los increíbles es, finalmente el universo de los super, no de los humanos. Así lo dicta el guionista. Quizás esté ahí la gran falta de estas dos hermosas películas: a los villanos les falta un poco de reconocimiento. Los espectadores hemos crecido, pero Los increíbles 2, no tanto.