Puntaje
4/5Destacado

Es solo el fin del mundo” (2016) es el ultimo largometraje del ya consagrado enfant terrible canadiense, Xavier Dolan. Después de su críticamente aclamado Mommy (2015), cuya labor le valio el ‘Premio del Jurado’ de Cannes en conjunto con nada más y nada menos que el legendario Jean Luc Godard, vuelve a las pistas con un film que probablemente encuentre tantos devotos como detractores. Si ya era una costumbre ver sus obras desfilar por el festival francés, esta oportunidad no fue la excepción. Pese a haber sido abucheada por parte de los críticos en su screening, logro alzarse con el Gran premio del Jurado y dividir las aguas monumentalmente, en una edición que sera recordada por ser de las más polémicas de los últimos años.

El film toma prestado el argumento del texto dramático homónimo de Jean-Luc Lagarce, transponiéndolo al ámbito cinematográfico. El argumento central de la historia consiste en el regreso de un escritor (Gaspard Ulliel como Louis) a su casa, luego de 12 años, para comunicarle a su familia que va a morirse pronto. Resulta de real importancia el marco temporal en el que se enmarcan los sucesos (‘en algún lugar, algún tiempo atrás’) así como la influencia que el tiempo -como categoría ontológica- ejerce sobre los personajes y todos los conflictos irresolutos que re-surgen a partir de dicha vuelta.

El casting de actores parece de ensueño: Vincent Casell como su hermano temperamental, Marion Cotilliard como su inocente cuñada, Léa Seydoux como la pequeña hermana que busca su aprobación y Nathalie Baye como la siempre presente figura maternal. En cuanto a planos, vemos una abundancia de primeros planos y planos detalles, que sumado a la intensidad con que se ejecutan los diálogos genera un ambiente cargado de tensión -que puede inclusive llegar a saturar al espectador-. Todo está controlado milimétricamente por la dirección de cámara e iluminación. En ese sentido, quizás sea el film más disciplinado técnicamente de Dolan, exigiendo a sus actores una intensidad que se agradece, pero que puede resultar faltante de matices.

Podemos notar la clara influencia teatral que atraviesa la obra, puesto que más que las acciones, son las palabras -dichas y calladas- las que funcionan de motor argumental. Sin dudas nos encontramos con diálogos plenamente confrontativos y polifónicos. Nos remiten desde el presente constantemente a un pasado que nos es mostrado a cuentagotas, si es que nos es mostrado en absoluto. En este sentido, rescatamos el flashback de Louis con su novio de la juventud, Pierre, cuya ejecución resulta exquisita.

El personaje de Louis, lacónico en su respuestas, es quien, tanto en su presencia como en su ausencia, genera el movimiento dialógico del film. Todo pasa por él, las reacciones de sus hermanos, de su madre e inclusive de su cuñada, están al servicio del conflicto que desata su vuelta a la casa, de la emergencia de lo reprimido. Salvando las distancias, logra recordar ciertos aspectos de la especularidad tratados en Persona de Bergman, en tanto es a partir de él que se reflejan las virtudes y defectos del resto de la familia (y, finalmente, de si mismo). Si bien el eje del conflicto pareciese pasar más por la relación entre hermanos, a diferencia de obras anteriores donde la relación madre-hijo es el foco conflictivo, no deja de ser destacable el rol comprensivo y conciliador – casi central diría- que ejerce la madre en la historia. Sin dudas la problemática idea de familia, en tanto vinculo afectivo primario, es una temática recurrente -y efectiva- en la filmografía del joven quebequés.

El otro gran aspecto de este film, es su banda sonora. “Home is not a harbour, home is where it hurts” nos canta Camille en una especie de clip musical, mientras Louis va regresando hacia la casa familiar. Y es que más que un refugio, su hogar es una olla a presión donde explota la histeria y el rencor de una familia entera. Este momento símil videoclip no es un caso aislado, el film entero esta atravesado por momentos musicales que encajan a la perfección la imagen y la situación dramática ejecutada, convirtiéndose ya en una marca personal estética de Dolan. Resulta gratificante escuchar la heterogeneidad musical del film, por dar ejemplos: Dragostea Din Tei de O-Zone, I Miss You de Blink 182 y Genesis de Grimes. Sin dudas fuera del efecto melodramático que pueda adivinarse, se nota un cuidado especial en la elección y el montaje de la banda sonora, que participa como un componente más en el juego dramático.

En resumen. “Es solo el fin del mundo” es un film que exige del espectador una cierta predisposición a soportar gritos y close-ups microscópicos. Pero es gracias a estos recursos que logra transmitir una sensación intensa de frustración, vértigo y angustia en el espectador que, como obra artística, resulta satisfactoria. Dentro de esa aparente corporalidad que resulta por momentos grosera se encuentra la finura estética y gestual característica a la que nos tiene acostumbrados Dolan. Sin ser su mejor largometraje, esta más que lejos de ser su peor versión y nos deja ansiosos por ver su próxima obra.