Puntaje
3.7/5Recomendable

El porvenir (2016) es el mejor largometraje que tiene en su corta pero interesante carrera la directora parisina Mia Hansen-Løve. Si bien desde sus inicios logró colarse en la sección ‘Quinzaine de Realizateurs’ de Cannes con Todo está perdonado (2007), y confirmar su valía con El padre de mis hijos (2009), que ganó el Premio Especial del Jurado en la sección ‘Un Certain Regard’ del mismo festival, en El porvenir, ganadora del Oso de Plata a la dirección en Berlinale 2016, encuentra la madurez estética y narrativa que le hacía falta.

Nathalie Chazeaux (Isabelle Huppert) es una filósofa de unos cincuenta y tantos años, que pasa la mayoría de su tiempo dedicándose a la docencia y a su familia. Las cosas comienzan a cambiar cuando su marido decide dejarla por su amante, en lo que es una de la serie de pérdidas que harán tambalear su vida y su lugar en el mundo. Si bien sus hijos, su esposo y hasta Fabien, su ex-alumno apadrinado, cumplen sus roles en la trama, la historia gira principal y exclusivamente alrededor de Nathalie y no profundiza demasiado en estos personajes secundarios.

El punto más fuerte del film probablemente sea Isabelle Huppert. El papel parece diseñado para ella (la directora incluso lo reconoce) y brilla completamente en él. La actuación da la sensación de absoluta naturalidad, de actuación sin esfuerzo, en un personaje que enfrenta movilizada las situaciones que la aquejan, pero sin perder nunca el estoicismo. El personaje se revela complejo en su profundidad, pero transparente y totalmente identificable al espectador desde su primera toma.

Esta sensación de naturalidad esta acompañada por la excelente dirección de Hansen-Løve, que con sus planos continuos logra generar una sensación fluida en el paso del tiempo. Tiempo que por otra parte es esencial en la temática que encara el film: la existencia. En este sentido no se elije el pesimismo o el drama sobrecargado como manera de ejecución, si no la liviandad de la cotidianeidad atravesada por la libertad radical que el ser humano encuentra en el vacío de sentido de la existencia.

El film no duda en indagar en cuestiones políticas y sociales, encarnadas en las protestas estudiantiles, pero sobre todo en el personaje de Fabien y sus compañeros anarquistas, que funcionan a manera de interpelador y catalizador de preguntas de gran importancia en la actualidad. El momento predilecto, que logra retratar parte de la urgencia política de nuestros tiempos, es cuando a Nathalie, quien afirma ya haber sido radical en su juventud y haber pasado por las inquietudes que se plantean los jóvenes rebeldes, se le responde que ella habrá cambiado, pero el mundo todavía sigue igual o peor que antes.

De esta forma, en El Porvenir el futuro se nos revela incierto de manera doble: política y metafísica. Aunque quizás peque un poco de eurocentrista en su visión social y filosófica, así como también el último tercio del largometraje sea un tanto flojo, hay que reconocer que el resultado final es más que satisfactorio. Después de todo, ver una obra filmada bellamente donde la protagonista brilla no es poca cosa.