Puntaje
4.5/5Destacado

Hay un ethos sobrevolando en el aire. Una serie especifica de valores, creencias y formas de experimentar el mundo que corresponden a una comunidad. Ciertos artistas saben pegar puntada allí y descargar parte de este torrente cultural a la retina (o al oído) del espectador mediante algún tipo de lenguaje y visión especifica. Ahí es cuando hablamos de espíritu del tiempo o, en este caso, espíritu generacional. Si, muchaches, si están aproximadamente entre los veinte y los treinta y tantos son parte de esa generación – con su particular entramado cultural- llamada Millenials (la problematización de la etiqueta se las debo para otra entrada).

Easy (2016) dirigida por Joe Swanberg, es uno de estos casos que menciono. El director del largometraje Drinking Buddies (2014) vuelve al ruedo con esta serie de Netflix, donde indaga las relaciones personales y sexoafectivas en nuestra era digital. A forma de pequeños cortometrajes que no tienen relación entre sí (excepto por uno) se forma una antología de 8 capítulos, cada uno de media hora, donde vemos una problemática específica correspondiente a una pareja en la ciudad de Chicago.

La locación no es al azar, le da al director la oportunidad de retratar la ciudad y sus aspectos socioculturales (hay parejas interraciales, de mismo sexo, de diferentes edades e incluso hay un capitulo que está hablado casi exclusivamente en español). Si Manhattan (1979) le da la oportunidad a Allen de representar New York de una manera extraordinaria y personal, Easy resulta análogo en su intento de representar su propia versión de la ciudad de los vientos. Hay, por ejemplo, una escena genial -que funciona a modo símil entrevista- donde el jefe del café Dark Matters Coffee, Jesse Diaz, hace un cameo manteniendo una conversación con el personaje interpretado por Dave Franco.

El nivel del casting de la serie denota el presupuesto que brinda el hacer una serie con una productora como Netflix: Emily Ratajkowski, Orland Bloom, Dave Franco, Malin Akerman, Jake Johnson, Elizabeth Reaser, entre otros. Si bien Swanberg no acostumbra a contar con tantas caras conocidas, la dirección actoral resulta más que satisfactoria. Los personajes resultan creíbles, no se abusa de la condición de famoso carismático de ciertos actores (como Bloom) y están siempre al servicio de la historia que se pretende contar. Quizás uno de los personajes más interesantes sea el de Ratajkowski (episodio 5), una artista autobiográfica que utiliza las selfies como modo de expresión, por el vínculo que establece con el personaje de Maron, un ilustrador autobiográfico entrado en años. Lo interesante de este capítulo es que se problematiza no solo la esfera del arte, sino también de la tecnología, de la perfomance y por supuesto de como atraviesa esto a las relaciones personales.

Otro de sus puntos fuertes es, claramente, el guión. Digo esto completamente consciente de la asociación estética a cierto movimiento que suele denominarse mumblecore, donde las escenas se suceden de manera altamente improvisada (si bien suele haber una linea argumental, se insta a los actores a mantener conversaciones no guionadas, en pos de obtener una naturalidad mayor). Las historias ganan mucho con esta frescura dialógica, no existen momentos forzados, sino que pareciesen desenvolverse con una -aparente- sinceridad absoluta. En definitiva, eso del artefacto que intenta no parecerlo.

Las temáticas de los episodios son disímiles y heterogéneas, con distintos grados de acierto, pero en general se desarrollan exitosamente, ya que no resulta forzoso sino integral al argumento que se desarrolla, y mantienen un nivel muy alto de calidad. Por ejemplificar, se dedica un capítulo alrededor del veganismo, otros dos alrededor de unos hermanos con una fábrica ilegal de cerveza artesanal y otro a una pareja que explora la utilización de Tinder para concretar un trío. Todos se ven atravesados y englobados no solo por esa espacialidad -en el sentido más abarcativo de la palabra- chicaguense, sino también por esa reflexión acerca de las relaciones interpersonales, en su más intensa cotidianeidad, en el siglo XXI.

En definitiva, Easy es una sorpresa agradable en el catálogo de Netflix y un paso más que atinado en la carrera del director estadounidense. Si bien abundan las escenas de sexo -pakis abstenerse-, no resultan en ningún momento efectistas, sino que cumplen una función (estética y argumental) más que resaltable. La trama de los episodios resulta siempre dinámica y en lo visual se observa un gran manejo de cámara y sentido estético general. Por si aún no queda claro, les recomiendo enfáticamente que se tomen el tiempo para verla.