Columbus – Kogonada (Competencia Internacional)

Mi padre creía en el modernismo con alma, dice Jin (John Cho), uno de los personajes principales. Ésta probablemente sea la definición más acertada de la película. Columbus, opera prima del conocido crítico-ensayista de cine surcoreano Kogonada, narra la historia de Jin, un traductor de libros del coreano al inglés, que se ve inmerso en la ciudad de Columbus, Indiana donde su padre -famoso arquitecto con quien mantiene una relación distante- sufre un grave problema médico que lo deja en coma. Allí conoce a Casey (Haley Lu Richardson), una nerd de la arquitectura que trabaja en la librería local, con quien compartirá la mayor parte de su estancia recorriendo edificios icónicos de la ciudad y charlando acerca de sus vidas y sus problemas personales.

La fotografía de este film es para enmarcarla y colgarla en un museo. Todo plano de cada escena está elegido y encuadrado a la perfección. No resulta solo una excusa para mostrar la belleza de la ciudad, que de por sí valdría la pena como documental o cortometraje, sino que logra hacer fundir y jugar este fondo arquitectónico sólido con el caos emocional y existencial que afrontan los personajes. La arquitectura en este film funciona siempre de manera doble, como temática y como forma. La historia se guía, desarrolla y brilla en el diálogo gracias a las pequeñas historias, sentires y digresiones que evocan en los personajes estos edificios.

Hay además un precioso y cuidado uso del decorado y la espacialidad. Se utilizan espejos (el plano de los espejos de la charla de Jin y Eleanor -compañera de trabajo de su padre- resulta sutil y maravilloso) y pasillos como forma de significación que encuadra la acción. Todo está cuidado hasta el último detalle.

Las actuaciones resultan sencillas pero sólidas. Tanto Jin como Casey -quien destaca por sobre todes- resultan personajes complejos con buenas perfomances, sin necesidad de caer en momentos melodrámaticos innecesarios pese a tener su cuota necesaria de dramatismo sentimental (el padre enfermo de Jin y la madre con problemas de adicción de Casey). No deslumbran pero logran ser creíbles y queribles.

Las historias que elige narrar Kogonada son mínimas, pero sentidas: no hay excesos. Todo se mide en matices y pequeñas pinceladas de una pulcritud asombrosa. Quizás el problema sea que esta decisión artística, muy acertada por su parte, lo prive también de otros momentos de mayor intensidad actoral y de contrastes en lo estilístico. En este sentido Columbus es un poco más modernismo que alma y eso se termina notando. Sin embargo, es un gran film -y un gran debut- con una brillante ejecución fotográfica y de dirección de cámara, que cuenta además con un argumento sencillo pero convincente. Una destacada propuesta del festival.

80/100

Fuck you Jessica Blair – Karni Haneman (Panorama de Nuevos Autores)

Fuck you Jessica Blair es la opera prima de la directora israelí Karni Haneman, quien además escribió, dirigió, produjo y actuó en su propio film. Casi nada bah. En términos narrativos el film es bastante sencillo: el argumento se centra inicialmente en dos grupos, uno de mujeres (Karni y Jessica) y otro de hombres, cada uno con sus problemas personales y existenciales. Por una serie de eventos tan desafortunados como absurdos, terminan confluyendo en el medio de la nada charlando -y escondiendo- laberínticamente sobre sus dramas internos con la vida, las relaciones afectivas y lo que significa ser israelí como identidad cultural. A caballo entre el tono de lo autóctono -que rescata otro lado de Israel completamente diferente al convencional- y la comedia indie norteamericana, Karni emprende una búsqueda de identidad en su dirección que logra, en su mayoría, escapar de los lugares comunes.

El film abunda en ironías y charlas que se sienten tan cotidianas como absurdas y vacías. Los personajes se repliegan constantemente y de manera casi hermética, sólo para luego dejar entrever sus problemas de una manera dramática pero sutil. Se podría decir que el diálogo es el gran fuerte de la película y es en este sentido que recuerda mucho al lenguaje teatral y a ciertos autores de literatura contemporánea que hacen del discurso directo el motor narrativo principal. Es difícil, sin embargo, encasillar genéricamente esta obra. Hay pinceladas propias del cine lgbt -lo es y no lo es-, un juego con lo autobiográfico/autoficcional (que se puede ver fundamentalmente en la elección de los personajes de Jessica y Karni) y una ficción descaradamente teatral en su argumento que, sin embargo, no deja de resaltar una sensación del realismo más puro.

El gran logro del largometraje es no caer en los clichés, y cuando sí lo hace es para mofarse de ellos. El consumo irónico parece ser la pauta cultural actual. En cuanto a la cámara toma encuadres y planos que no son los habituales para este tipo de película. Evita cuando puede el primer plano clásico y dramático en el diálogo. Hay un genial trabajo de fotografía, con paisajes de Israel que parecen de ensueño -colinas gigantes que parecen sacadas del Señor de los Anillos- generando un vínculo constante e inseparable entre este ambiente y los personajes. En uno de sus diálogos, uno de los personajes le pregunta a Jessica “Por qué viniste a este ningún lugar, a este no-tiempo”. La película es un poco eso: los personajes parecen absorbidos por un purgatorio, un no-lugar y un no-tiempo donde deben primero reconocer y, a su manera, resolver sus crisis existenciales.

Hay desaciertos sin embargo. Los diálogos, pese a ser el gran fuerte del film, a menudo lagunean en contenido lo que logran en forma. El detenimiento y el juego de esconder-mostrar de los personajes es ingenioso, pero también puede resultar frustrante y no termina dando completamente los frutos que promete. La lentitud, que permite entrar en esta sensación de no temporalidad, por momentos es excesiva. Sin dudas es un comienzo de carrera auspicioso.

75/100