Bon Iver. 22, A Million (2016)
5/5Imprescindible

Un tipo, una guitarra, una barba y un falsetto majestuoso. Esa es mi aproximación de definición a lo que encarna un tipo como Justin Vernon en su proyecto artístico Bon Iver. Claro está, después se alejaría un poco del mito romántico de artista indie folk sensible, pero el sentimiento sigue ahí, intacto, independientemente de los procedimientos musicales que decida seguir utilizando.

“Yo no me voy a avergonzar de mis tristezas, mis nostalgias” decía Gelman en el exilio, escapando de la dictadura. Una frase que, en otros contextos más bien distintos, le cabría adjudicarle a los inicios de la carrera de Bon Iver. Del exilio terrible de la dictadura a un exilio totalmente diferente, directo a una cabaña en el medio del bosque a autoexaminarse, a parar la bocha como Román y mirar el panorama. De ahí salieron las canciones que formarían uno de los álbumes, a mi juicio, más destacados de las ultimas décadas: For Emma, Forever Ago. Porque tener el corazón y el hígado roto, son también una manera de hacer música.

Casi 10 años después de For emma, y pasando por varios proyectos musicales (propios en Bon iver y Volcano Choir o colaborando con artistas como James Blake o Kanye West) sale al público un enigmático disco: 22, a Million. En él vemos un proyecto musical en apariencias radicalmente distinto. El álbum está compuesto por un sonido mucho más permeado por la digitalidad, en el sentido más abarcativo y positivo de la palabra. Está repleto de ediciones, maquinas que resuenan como mantras (33 “GOD” quizás sea el ejemplo más claro), glitches que recuerdan la imperfección humana, su carácter fragmentario y -de alguna manera- ritualistico. Desde la portada, pasando por los videos y las canciones -incluyendo sus titulos-, podemos decir que 22, a Million recuerda un poco la idea (sobre)codificadora del signo artístico del periodo barroco, en tanto existe una clara utilización de simbología de diversos tipos que se conjugan y resignifican constantemente conformando un todo.

Religión, (des)amor, elementos primarios, dualidades, numerología. Todo esto juega en la misma liga, constante y atravesado. La espacialiadad de las voces y -su transliteración- recuerdan mucho a las poesías vanguardistas, y es que más que seguir un camino predeterminado pareciesen suceder varios simultáneamente (como en “8(circle)” o en “21 M◊◊N WATER”). Pero detrás del aparente caos, de la predominancia del sonido electrónico, de estos procedimientos estéticos más bien rupturistas, se sigue notando ese mismo espíritu desgarrador, intimo, straight-forward, profundamente humano, que hace a Justin Vernon ser uno de los músicos más interesantes de nuestra época.

En “715 – CR∑∑KS“, escuchamos casi una continuación de Woods (parte de su EP Blood Bank). Un lamento, un llanto que pareciese emanar por debajo del agua del arroyo: “all I’m trying to do is get my feet out from the crease”. Un verso profundamente sentido resuena sumergido en la montaña armónica digital del Messina, un instrumento creado especialmente por su ingeniero de sonido, llevando el “auto-tune” a otras posibilidades técnicas, reafirmándolo como una potente herramienta artística y no como mero pulidor de defectos vocales.

Son dos caminos opuestos de llegar a lo mismo. En For emma, Vernon se pierde en el bosque y busca la calma; en 22, a Million, paseando por la idílica Grecia, murmurando la frase embrionaria “it might be over soon”, no puede olvidar el caos de la existencia, tanto suya como universal, y así resulta en un disco igual de crudo que su disco debut pero tamizado por una producción exquisita que acentúa su violencia, la intensidad del sentirse vivo en el caos que es este mundo.