PUNTAJE
4/5Destacado

Volvió Pixar con su última película original desde la mediocre UN GRAN DINOSAURIO (2015) -en el medio tuvimos dos secuelas-, que retoma una temática de moda como es la cultura mexicana (la cultura mexicana resumida a una versión interpretada, traducida, cambiada, simplificada, del fenómeno del Día de los Muertos). Se estrenó COCO en el Festival de Mar del Plata, en un momento complicado para la empresa de animación, debido a las recientes denuncias de abuso contra uno de los padres de nuestra niñez: John Lasseter. Sin embargo, sobre la cruda realidad, que vuelve a manifestarse en los títulos con la aparición del nombre del legendario director de TOY STORY (1995), triunfó un clima de entusiasmo, de ese que solo generan los mundos fantásticos que salen de aquel pequeño gran rincón de California.

La historia, al mejor estilo Pixar, trata acerca de la relación conflictiva entre el individuo y la familia, y, en este caso en particular, también sobre la muerte y el recuerdo. No se observa en COCO la construcción de un mundo ficcional completamente nuevo, como es el caso de INTENSA-MENTE (2015), sino que, en este caso, el universo mágico en el que vive Miguel (sostén, como en todas las películas del gigante de la animación, de los momentos dramáticos, verdadero foco del asunto) es una traducción de una festividad mexicana. Si bien en este caso se observa una preocupación por ser fieles en su reconstrucción, existe un problema común a todos los trabajos de Disney (esta es, después de todo, una co-producción), que es el de la apropiación cultural. Con mayor o menor lealtad, siendo el estudio parte de ese gran sistema comercial que es el cine norteamericano; perteneciendo, por lo tanto, a un cierto contexto cultural, la utilización de elementos de otras regiones para localizar su relato, es, en el fondo, un acto de violencia, pues implica dar por sentado que en todo el mundo las cosas se viven de cierta manera y no de otra. Hay en este acto una simplificación peligrosa de la realidad, porque niega las culturas distintas, las cosmovisiones distintas, reduciéndolas muchas veces a caricaturas que nada conservan de ellas mismas. Como dice el dicho: “Traduttore, traditore”. Esta cara, la más fea de Disney-Pixar, se deja ver en un momento de COCO, con el tratamiento de un personaje, que busca el humor (y en cierto sentido lo logra), pero que, a ojos latinoamericanos, resulta al menos algo incómodo de ver.

Salvedad política cubierta, el mundo animado para este largometraje resulta de una belleza estética y de una complejidad semántica mayor que el de las últimas películas de Disney. La resignificación se conforma como uno de los aspectos notables: A través de la diseminación y reinserción de elementos, este México pixareano crece y adquiere personalidad. Por otro lado, al basarse en una festividad ya existente, el particular universo maravilloso de COCO no posee las libertades de, por ejemplo, el de INTENSA-MENTE, pero al mismo tiempo, evade algunos de los problemas centrales que esa película presentaba, como por ejemplo la inestabilidad de las reglas lógicas que sostienen la existencia en esa realidad particular. Por otro lado, es costumbre en las obras del estudio crear un entramado burocrático que estructure las reglas necesarias para que los conflictos dramáticos puedan darse (tal personaje debe ir a tal lugar pero algo se lo impide). Por suerte, COCO evita el vicio de dar demasiado espacio al “exposition”, a la explicación de ese entramado. Su forma de encarar el “world-building” resulta más orgánica (más pertinente en relación a las temáticas del film) que, por ejemplo, el caso de UN GRAN DINOSAURIO y menos arbitraria que en FROZEN (2013), de Disney en solitario.

Ahora bien, donde COCO realmente destaca por sobre las últimas co-producciones de las empresas norteamericanas, es en los personajes y los conflictos dramáticos que despliegan. Con una trama con giros bien manejada, con momentos de intensidad emocional bien trabajados, con voces notables por la mayoría del elenco, y con canciones que no son hitazos al estilo de “Let It Go”, sino que alternan entre un estilo festivo y otro íntimo-melancólico, la película dirigida por Lee Unkrich se alza como un gran acierto.

*Reseña publicada originalmente en Cinerd.