PUNTAJE
4.5/5Destacado

Uno de los últimos éxitos de Netflix es ni más ni menos que una serie de animación para adultos. BoJack Horseman transcurre en un universo donde conviven hombres y animales antropomorfos, y tiene como protagonista a un caballo millonario y malhumorado que ha sabido ganarse el cariño del público interpretando una sitcom en los noventa. Al adoptar una narrativa tipo novela (a diferencia de series como Los Simpson, donde se cuenta una historia en cada capítulo), toda la ficción se basa en el desarrollo emocional de BoJack y sus compañeros, y termina siendo una muy buena excusa para problematizar experiencias como el amor, la muerte, el deseo, la insatisfacción y la soledad.

En este sentido, la noción de temporalidad se vuelve muy importante. La serie apela constantemente al pasado para explicar y dar sentido a los conflictos del presente. Estos saltos hacia atrás son graduales y pueden darse bajo la forma de sueños, recuerdos o mediante la aparición concreta de personajes vinculados a un tiempo pasado. Como espectadores, pasamos de convivir en un “presente continuo” con un BoJack miedoso y conflictivo a escenas que revelan breves experiencias de su niñez y juventud. Estos flashbacks van construyendo distintas capas de sentido en torno a la identidad de los protagonistas, y ponen en conflicto las impresiones que nos habíamos hecho de ellos. Lejos está de ser un recurso innovador, pero funciona.

Si el pasado retorna para iluminar el presente, éste a su vez tiende a tomar la forma de lo estático. En BoJack Horseman el mayor desafío de los personajes pasa por el esfuerzo que deben hacer para romper los círculos en torno a los cuales se han construido (y estancado) sus vidas. Estas circularidades están encarnadas por traumas emocionales, relaciones complejas y obsesiones de todo tipo. Es que al momento de iniciar la serie, BoJack y compañía parecen habitar un tiempo que se ha detenido, como si cada uno de ellos viniera lidiando con los mismos problemas desde hace mucho. En este sentido, la medida del cambio no pasa por saltos radicales en sus estilos de vida (cosa que podemos observar, por ejemplo, en Breaking Bad). Y sin embargo, la evolución de algunos personajes es notable y muy satisfactoria. “Cambiar”, para esta serie, significa que cada uno proyecte y se sitúe en una línea cronológica, asuma el paso de los años y “reactive” su propia temporalidad. Una cosa que juega en contra es que no todos los personajes son tratados con la profundidad que uno desearía. Todd es seguramente el mejor ejemplo: siempre lo vemos atrapado en situaciones absurdas, su personalidad infantil parece bastante imperturbable, y su rol en la narración muchas veces se limita a suavizar momentos tensos o bajoneros. Hay que reconocer que en la tercera temporada encuentra algo de protagonismo, veremos cómo sigue la cuarta.

No quiero terminar sin destacar el cuidado casi obsesivo de la serie por el detalle. BoJack Horseman cuenta con una cantidad de recursos capaces de generar una estética impresionante y un registro muy propio. Me refiero a los dibujos desde luego, pero también a la musicalización y al uso de los silencios, al trabajo de los actores de voz (Will Arnett, Aaron Paul, Alison Brie), a los múltiples gags y cameos. El humor nihilista y políticamente incorrecto es una marca registrada, lo mismo que la mirada satírica sobre Hollywood y los grandes medios. También es muy destacable la elaboración de algunos personajes secundarios (si tengo que elegir, me quedo con la orca que presenta las noticias, el pingüino de la editorial y el asistente de Princess Carolyne). En resumen, una serie que combina belleza estética, profundidad filosófica y que se ríe de todo el mundo. Por estas razones hay que ver BoJack Horseman.