PUNTAJE
3/5Recomendado

BLACK PANTHER (2018) es la última película de Marvel, acerca de un príncipe africano, pronto a heredar la corona de una nación ficticia llamada Wakanda, la que gracias a un metal maravilloso venido del espacio milenios atrás, ha podido desarrollarse más que cualquier otro país en el mundo y que, por la misma razón, se ha aislado en una especie de domo que la mantiene protegida y la oculta de este. T’Challa debe asumir su nuevo rol como rey y hacerse cargo del lugar que ocupará en la historia que sus antecesores en el trono han forjado. Por ello, algunos críticos han denominado a esta historia ‘shakesperiana’: una suma de conflictos familiares y una suerte de intriga palaciega. Además, la película ha sido recibida como un comentario acerca de las políticas internacionales de –se vuelve explícito en algún punto del largometraje- Donald Trump, y la problemática del colonialismo, el privilegio de raza, y la marginalización de sectores sociales y culturales.

Más allá de lo interesante que resulta que una película de Marvel sea uno de los temas de discusión política más importantes del momento en Estados Unidos –más allá también del impulso de afirmar que el acto de adjudicar cierta trascendencia crítica a la visión política que puede construir un filme que habla el lenguaje enseñado en los edificios de los gigantes de Hollywood, un filme bajo la implacable mirada del ratón gigante es, sino problemático, al menos inocente- hay, en esta, algo de lo primero. Para empezar por lo bueno, que lo hay: el villano Killmonger, siguiendo la línea marcada, por ejemplo, por el Vulture de Michael Keaton, tiene una motivación concreta, comprensible, humana, y profundamente enlazada al conflicto de T’Challa, el conflicto de Wakanda. Hay, por lo tanto, una unidad narrativa, un enfoque argumental y temático, una historia coherente que le da estabilidad al guión: una pregunta que se hace al principio y se responde al final. Y sin embargo la película no termina de pararse derecha, se tambalea, se resquebraja.

Hay también solidez en el lenguaje simbólico: un metal que representa el privilegio (económico, social, cultural) construido históricamente; un encuentro de opuestos necesario: héroe y villano -todo gran villano funciona como un espejo del héroe, un futuro hipotético que no debe realizarse, la herramienta para delimitar el territorio de la virtud, para, por la negativa, definir la positividad del héroe -; un protagonista con la posibilidad y la obligación de enunciar una palabra acerca del conflicto ancestral de su gente –claro que, siendo Marvel, esta siempre se dice a las piñas y repite siempre el mismo sueño de una democracia igualista, tecnócrata, liberal y ultracapitalista que es todo lo que Marvel tiene para sumar al panorama del pensamiento político-.

Y sin embargo, al menos tres fracturas se abren: primero -aunque esto deba achacarse al comic, en todo caso-, el ‘world-building’ del país de Wakanda (los cimientos del verosímil de la historia),  por más rituales africanos pasados por el colador de la norma ética y estética shanki y marvelita que se desplieguen -¿qué dice realmente BLACK PANTHER sobre la cultura africana, sus significados, sus textos, su cosmovisión?-, no deja de ser una imposición incomoda antes que una sugerencia interesante: difícil imaginar una sociedad que, propulsada en la carrera del progreso sobre el resto del planeta –con las implicancias epistemológicas que esto conlleva-, sostenga un sistema político basado en la elección de un monarca a partir de un duelo a muerte; segundo, la falta de profundización en la historia personal de un villano del que solo oímos lo que ha sufrido  –únicamente dos escenas habilitan una conexión empática con Killmonger-, que Michael B. Jordan y su actuación canchera no llegan a compensar, así también como el hecho de truncar una de las aristas principales del conflicto del protagonista (la reacomodación de la figura de su padre, luego de que es capaz de enfrentar y superar tanto su excelencia como su vileza); tercero, un primer acto que se detiene en secuencias extensas que nada tienen que hacer en la película porque nada dicen sobre su conflicto central, y que por otro lado se podrían haber recortado en beneficio de lo anterior.

BLACK PANTHER es, en todo caso, una película entretenida cuando se permite volver a sus personajes en lugar de forzar persecuciones en auto irrelevantes, y cuando logra articular conflicto, tema y narración. Hubiera sido, además, conmovedora, si se hubiera ocupado de apelar a la empatía a través de una construcción más desarrollada, y más visual, de los sufrimientos y convicciones de su villano y su héroe.