Puntaje
3.5/5Recomendado

Alejandro Gonzales Iñárritu, director mexicano con una larga trayectoria en Hollywood (21 GRAMOS, BABEL, BIUTIFUL) se ha ganado la reputación de ser un cineasta polémico. Ya por su estilo, o por los temas que aborda, sus filmes suelen recibir opiniones polarizadas. Desde su primer largometraje, AMORES PERROS, ha sido reconocido por la academia. La coronación de su larga lista de nominaciones se da en 2015, con la obtención del Oscar a mejor director, por una de sus películas más discutidas hasta el momento: BIRDMAN. Coincide, esta obra, con la primera oportunidad en la que él lleva adelante un cambio central en su equipo de trabajo: el director de fotografía mexicano Rodrigo Prieto es sustituido por el también mexicano Emmanuel Lubezki. El estilo del recién incorporado será uno de los componentes más importantes que harán de esta película un fenómeno del medio, tan exitoso como controversial.

 En cuanto al género, BIRDMAN es compleja. En principio, el largometraje intenta alternar y hacer dialogar dos registros contrarios: el drama y la comedia. En el guión de Armando Bo y Nicolás Giacobone hay espacio para la exploración psicológica de los personajes –entra, a través de los enfrentamientos de los héroes con sus respectivas crisis existenciales, la veta dramática del filme- y también para el humor, tanto escrito como en forma de gags visuales, generalmente de tipo cínico o ácido. Se podría decir: ésta es una obra de indagación intimista, pero también, de exploración existencial, puesto que el gran conflicto que impulsa a sus personajes a recorrer acelerados los pasillos de ese viejo teatro broadwayriano, y a su protagonista por sus trayectos que confunden un verosímil realista y uno maravilloso, es el de la búsqueda incesante de un renacer, y en él, de un nuevo sentido. Un género posible es, tal vez, la epopeya, ya no épica, sino personal –y aquí se vuelve pertinente mencionar a William Faulkner, una de las influencias reconocidas por Iñárritu, y uno de los fundadores del relato en clave de “monólogo interior”.

El gran interlocutor en BIRDMAN es Raymond Carver, cuyo nombre y obra adquieren un fuerte significado para el protagonista, Riggan Thompson: constituyen la otra parte del binomio formado también por esa película ficticia, con ecos del BATMAN de Tim Burton, que es Birdman. Si la segunda es el pasado, el éxito vacuo, la ausencia de reconocimiento válido, real, noble, el ser-superhéroe y ser-estrella, el segundo es un posible futuro de redención, de re-versión, de construcción de una nueva identidad, ya no como “niño creído, egoísta y consentido” –en palabras de la árida crítica teatral interpretada por Lindsay Duncan- sino como un verdadero artista. Ahora bien, si la escritura del “maestro”, uno de los fundadores del llamado “realismo sucio” se caracteriza por el “minimalismo”, es decir, la disminución en el uso del adverbio y el adjetivo en orden de dar protagonismo al verbo, a la acción, la fotografía de Lubezki asume una complejidad formal que lo opone a ésta estéticamente.

Un párrafo aparte merece las proezas técnicas de ésta película. El ya famoso “plano secuencia” simulado por el fotógrafo mexicano convierte a la cámara en un verdadero testigo-acosador, persiguiendo infatigable a los personajes, incansablemente registrando, si no sus pensamientos como en la literatura modernista con la que el director parece dialogar, cada gesto e interacción, volteándose también, de vez en cuando, para volverse sus ojos y retratar lo que ellos ven. El caminar acelerado de los personajes, las piruetas raudas de la cámara, y por último, el vertiginoso latir de una batería, gran protagonista de la banda sonora del sustituto del habitual Santaolalla, Antonio Sánchez, traen, a lo formal, aquello ya mencionado desde lo temático: la búsqueda, el movimiento, la inquietud en función de un renacer potencial. En lo que, sin terminar de resolverse como una ruptura de la cuarta pared, pero siendo aun así un gesto de metaficción que es necesario mencionar, la percusión, por momentos presente por fuera de la diégesis narrativa –se escucha, pero no se ve, ni se sabe si los personajes lo escuchan- ingresa en ella, a través de un gesto visual que se encuentra, muy similar, en filmes como WEEKEND, de Godard –la cámara, en su seguimiento constante de Riggan, se encuentra, dentro del teatro, un baterista que toca exactamente la pieza que se venía escuchando; entrando, de este modo, el sonido en el universo ficticio (luego se pierde), y adquiriendo, la cámara, cierta emancipación, al voltear voluntariamente solo para captar al músico.

¿De qué trata BIRDMAN? Una ex estrella de Hollywood se propone llevar adelante una adaptación teatral dirigida y protagonizada por él, del cuento de Carver, DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE AMAR, con el objetivo de ser reconocido en el ambiente artístico y abandonar su antigua imagen. Contrata, para ello, a un actor metódico y malcriado, que no encuentra espontaneidad en su vida real, sino solo cuando actúa –un emocional Edward Norton-. Un grupo de personajes, todos igualmente disparatados y conflictivos, circulan alrededor suyo: dos de sus actrices -una su amante, que busca un hijo, la otra una debutante con deseos de grandeza-; su hija que acaba de salir de rehabilitación y deambula los rincones del teatro queriendo ser invisible; su amigo y productor, histérico e irónico; y, por último, alejada espacial y simbólicamente del resto de los personajes, la crítica teatral ya mencionada. La película narra la historia de la preparación de la obra hasta el estreno.

Hablar de BIRDMAN es hablar de pretensión. Alejandro, que abandona su primer apellido de característico mexicano y se vuelve G. Iñárritu –gesto que puede leerse, con riesgo de errar, como un intento de simplificar su nombre para el público angloparlante-, apuesta fuertemente, tanto desde lo temático como desde lo formal, en convertir su largometraje en una experiencia estética, y también, en una declaración ideológica acerca de varias cuestiones: la diferencia entre el arte mayor y la cultura popular; la relación entre artista, espectador y crítico; las exigencias que conlleva la pertenencia a este ambiente, entre otros. El ángulo que adopta para encarar esta crítica es la parodia: a través de sus personajes decadentes y su humor cínico, se procura construir un cuadro capaz de mostrar todas las vergüenzas y bajezas de este submundo.

Técnicamente, la película es exitosa –hay una realización innegablemente estupenda, que doblega al espectador, lo somete casi completamente a un travelling continuo, por momentos vertiginoso, y siempre fascinante-. Los ciclos narrativos de los personajes avanzan junto a la cámara y al paso del tiempo cronológico, pero solo cuatro encuentran conclusión, y de ellos, son tres los verdaderamente importantes: Riggan, la crítica, y Mike, el actor engreído –la hija queda, por defecto, unida a una de éstas líneas-. Estos son los tres grandes relatos que le importan a Iñárritu. Sus arcos, lo que les acontece, sus reacciones, son uno de los medios principales de intromisión del componente ideológico en el filme. Aquí coincide, lamentablemente, uno de los puntos más bajos del mismo. Siendo los tres grandes personajes de la historia, dos de ellos adquieren un tratamiento simplificador. No van mucho más allá de ser, como he dicho anteriormente, estereotipos: el actor egocéntrico que, incapaz ya de experimentar sinceramente la vida, ha caído en el desinterés y el hastío, y la crítica, también egocéntrica, embebida en poder, prejuiciosa e incapaz de una apreciación estética espontánea. El gran error que se le implanta al personaje de Tabitha Dickinson, es, irónicamente, el principal descuido de Iñárritu: la ceguera ideológica. En estas dos líneas narrativas, el director mexicano deja ver el peor costado de su tendencia cínica, que es la crítica ya no inteligente, sino despiadada, por momentos grosera; las escenas en los que estos personajes aparecen son aquellas donde más se nota la preponderancia de la función política –la bajada de línea- sobre la estética.

A raíz de esto, cabe preguntarse si cada componente del despliegue formal de BIRDMAN cumple una función concreta para la realización de una visión artística. Algunas lo hacen, por ejemplo, el genial artificio del plano secuencia fingido de Lubezki y los simbolismos de las imágenes espejadas, que introducen momentos de narración visual implícita. Otras no parecen tan significativas o necesarias, como la fugaz intromisión de un fotograma que funciona como micro-flashback –solo recuperable en un segundo visionado-, las pequeñas apariciones de lo que pudiera ser un juego entre lo ficcional y lo metaficcional, y todo ese repertorio, implícito y explícito, de nombres que resuenan en los 120 minutos de duración –Barthes, Borges, Carver, etc-, que queda reducido solo a un ingrediente de la tipificación estereotipada.

Tal vez permita cierta perspectiva un breve análisis del personaje principal, el Riggan Thomson de Michael Keaton. Éste no presenta la progresión narrativa del héroe típico –estado inicial, conflicto, acto heroico y conclusión/re-nacer-. Su transición es más bien oscilante, de avance y retroceso. No hay una evolución acabada. En este sentido, Riggan es el personaje menos monológico de BIRDMAN, el más complejo, el que más voces contiene, el más interesante y, correspondientemente, aquel en el que más se percibe la proyección de la imagen del propio Iñárritu. Su camino no es lineal, sino de alternancia entre esos dos polos que componen el binomio de su ego: el grotesco hombre vestido de pájaro que ha sido y que lo acompaña –una suerte de ello caricaturizado- y esa otra voz sin corporalidad que es la del deber auto-impuesto, el ser-artista. Aquí, el otro gran componente formal del filme –además del plano secuencia- entra en acción para ayudarlo a esquivar la resolución unívoca y auspiciosa: el diálogo entre escenas de corte realista, y otras que juegan con la introducción de un verosímil maravilloso en el universo.

En conclusión, BIRDMAN es un largometraje de aciertos y desaciertos. Su aspecto técnico es incontestable. Desde lo temático, su intención de ser película introspectiva, de exploración psicológica, encuentra pozos hondos en su devenir, específicamente con algunos de sus personajes, pero llega a buen puerto con el final del largometraje y de su protagonista. Principalmente, ésta película es, como nos tiene acostumbrados Iñárritu, una experiencia deslumbrante para el cinéfilo, y un filme necesario para el espectador casual en tanto es convocante, exigente, polémico, vital.