Puntaje
3.5/5Recomendado

Robert Zemeckis, el de VOLVER AL FUTURO (1985), FORREST GUMP (1994), el de NÁUGRAFO (2000) y también el de EL VUELO (2012) se mete en el terreno del romance, o del thriller, o del thriller romántico, en esta nueva adaptación del guionista Steven Knight (PROMESAS DEL ESTE, 2007) que trata sobre dos espías que se enamoran durante la Segunda Guerra Mundial. ALIADOS (2017) es una película partida al medio. Durante los primeros 40 minutos, Brad Pitt y Marion Cotillard protagonizan una historia de enamoramiento muy lograda, que adquiere vitalidad por su trasfondo narrativo: una misión compartida por ambos. Esa acción proyectada al futuro crea un espacio ideal para ambos personajes y sus interacciones. La misión es la razón del encuentro entre los dos; es una premisa que el espectador solo conoce a medias; da un sentimiento de fatalidad, de tener el tiempo contado, y por lo tanto, carga ese amor que crece entre ambos de una urgencia que no tendría de otra forma. A este éxito del guión de Knight, Zemeckis da un sostén visual inteligente: la localidad romántica de Casablanca como trasfondo (en referencia al clásico de Michael Curtiz); la construcción sutil del erotismo a través de las pausas que la cámara toma para captar los gestos del personaje de Marianne Beauséjour; el juego de incertidumbre y fascinación, que es parte de ese primer encuentro romántico con el otro, construido poco a poco por la cámara. Se crea una relación simbólica según la cual dos personas que se conocen son, para el otro, como una suerte de espía: un cofre cerrado que puede contener, potencialmente, cualquier cosa, o también, una careta sin personalidad, cambiante, huidiza. La relación de dos enamorados en el inicio es un juego de espías, en el que cada uno asume un rol y trata de descubrir lo que el otro oculta. Este mismo “juego de espías” se retoma en la segunda parte, pero cambiado, cubierto por la nube de la sospecha. Por esa razón los dos motores narrativos (la relación romántica y el espionaje) son tan productivos juntos (casi que hay un género del romance de espías).

De tal forma se logra una progresión argumental coherente, que, luego del final tan intenso que sella el amor entre los dos agentes, parece que la película estuviera obligada a acabar. Pero claro, solo van cuarenta minutos y la historia principal, la del thriller, aún no ha comenzado. El arco narrativo de la primera parte es tan autosuficiente y, repito, intenso, que no termina de funcionar como introducción para esta segunda parte. Pues, luego del coqueteo de Zemeckis con el cine clásico de la era dorada, otra premisa debe surgir para sostener la historia, y ésta, a diferencia de la anterior, la conocemos desde el principio. Por lo tanto, la dinámica cambia para el espectador: ya no se trata de vivir junto a los protagonistas la inseguridad, la adrenalina y el erotismo propio de un momento en el que no se sabe si habrá un mañana, o si la Gestapo entrará, de repente, por la puerta; en cambio, la película pasa a exigir al espectador un estado de expectación, ya que hay que descubrir el misterio que carcome la mente de nuestros protagonistas. Por lo tanto, el ritmo se modifica; la cámara gana estabilidad, la velocidad de las escenas responde a la “ira contenida” de aquel que sospecha pero no sabe con certidumbre. En esta segunda mitad vuelven a coincidir un guion inteligente, que hace suceder pequeños capítulos en un “crescendo” ligado al descubrimiento progresivo del misterio, con una dirección que explota las posibilidades cinematográficas: desde planos pequeños, simbólicos, hasta escenas de acción de largo aliento, de una ejecución fantástica. Lo que puede criticársele a esta segunda parte, es en realidad un problema del guion en su totalidad: hay un quiebre entre las dos mitades que hace que, tras la extenuación de la primera parte, y durante un pequeño momento, la película roce el hastío.

Sin embargo, la calidad de la historia y de la dirección de Zemeckis hace de ALLIED una película obligada. Cada cosa que ésta se propone, lo logra ampliamente: seduce, excita, intriga; no cuenta simplemente, sino que contagia. El problema está en la desconexión, tanto genérica como rítmica, que se siente entre las dos mitades del filme. Pero aun así, la experiencia no se arruina, sino que cada parte constituye en sí misma una hazaña técnica y narrativa sensacional.