Advertencia incial: esto no es una reseña, sino más bien, una descarga.

Hollywood: máquina de crear discursos. Hollywood: taller de moldear héroes. Hollywood, o cómo disfrazar, reinventar y vender (revender, recontravender) el sueño americano. En Trumbo se vé bien. La película de Jay Roach ¿Es una crítica real o una reproducción velada del mismo modelo con el que Hollywood ensambla sus filmes –especialmente los biopics, donde los escritores convierten a quien sea en un anti-héroe americano- una, y otra, y otra vez? Tal vez sea que escribo desde el hartazgo.

Trumbo cuenta la historia del escritor más famoso en entrar en la lista negra durante el macartismo en Estados Unidos. Ganador de dos premios Oscar desde la clandestinidad, Dalton Trumbo es una reencarnación del siempre renovado héroe shanki: ese que hace valer su individualidad frente a las células cancerígenas y opresivas de un organismo que de otra manera sería inmaculado: el neoliberalismo demócrata norteamericano. Aquí los papeles se invierten. Los héroes de la patria no son Heda Hopper y John Wayne, sino el mismo Trumbo, el genio escritor, businessman y comunista, podríamos decir, la verdadera síntesis de esa dialéctica aparentemente contradictoria entre el ser y el parecer -conflicto que, hablando un poco al pedo, recuerda a las tragedias Shakespereanas- o entre el ideal y el hombre de carne y hueso.

Pienso en Matrix. ¿Recuerdan esa bella fábula creada por los Wachowski que narra la historia de un sistema tan perfecto, tan autosuficiente, que hasta sus virus eran planificados? Eso es Hollywood. Bueno, tal vez exagero, pero el sistema es parecido: se encuentra la anomalía (el pensamiento de izquierda) y se la recupera, se le traza un plan y un propósito dentro del orden ideológico de la estructura. El resultado es esta película: adorable pero engañosa. Se da una de esas ironías que tanto gustan a un escritor: el sujeto ficcional Trumbo y su pequeña epopeya tal como es mostrada en este largometraje, lejos de simbolizar la rebeldía del individuo contra una estructura opresiva -la empresa titánica de los Luciferes, Don Juanes y monstruos de Frankenstein románticos- juega a favor del mismo esquema de pensamiento que abala al Comité de Actividades Antiestadounidenses. El sistema necesita una revolución de vez en cuando. Controlada, claro; medida, asimilada del saber popular. Para eso está Neo, el elegido, que en su aparente ruptura y separación del gran aparato que es Matrix no hace más que preservar su estabilidad: aplaca a ese 1% de los humanos que no aceptan la realidad virtual. Esta película tiene un efecto semejante: exhibe una aparente desobediencia para mantener viva la esperanza –la consciencia de libertad de pensamiento-, sugiere discernimiento donde no lo hay, invita a admirar desde la butaca: nos quiere quietecitos, saboreando la victoria del distinto, proyectándonos, tranquilizándonos. Y es irremediable, porque al fin y al cabo, Cranston está genial.