Cuando pensamos en películas de ciencia ficción, por lo general se asocia de forma inmediata al género con el desarrollo de los efectos especiales. Se nos vienen a la mente grandes demostraciones técnicas, que permiten dar vida a aliens, dinosaurios o superhéroes. Si bien esta correspondencia se encuentra suficientemente justificada, no está de más recordar que los géneros se definen, en parte, por el verosímil alrededor del cual se construye la historia. En otras palabras, son esas reglas que dan una coherencia particular al interior de cada obra (el verosímil) las que nos permiten a nosotros -o en todo caso a los críticos- decir si tal película pertenece al género realista, al fantástico o a cualquier otro.

The Man from Earth (2007) es una gran demostración de esto, recordándonos que la ciencia ficción puede dejar de lado los efectos y aún así contar una historia consistente y atractiva. Esta película independiente hace de la austeridad técnica su máxima: toda la obra transcurre en un par de escenarios (el living y la entrada de una casa), en tiempo real, y se reduce a la conversación que mantienen los protagonistas. La cámara nos sitúa en una improvisada reunión para despedir a John, un joven profesor de Historia que ha decidido renunciar a su carrera y abandonar la ciudad. Sus colegas se reúnen motivados por la amistad y los buenos deseos, pero principalmente por la curiosidad: nadie sabe el porqué del viaje. El protagonista, casi acosado por las preguntas de sus amigos, tendrá que revelar una parte de su identidad para explicarles sus motivos.

Risas. Así es como cualquiera de nosotros reaccionaría si un amigo nos dice, casi con naturalidad, que tiene catorce mil años y ha sido –es- un hombre de Cromañón. Pero John se mantiene firme en su sentencia. Catorce mil años “de corrido”, nos explica, sin reencarnaciones ni nada parecido, y sin indicios de inmortalidad. No hay forma de comprobar o refutar la historia, por lo cual, con una sonrisa en la cara, sus compañeros se proponen seguirle la corriente.

Con una sonrisa parecida estamos nosotros, del otro lado de la pantalla. No pensando en si John ha perdido la cabeza, sino expectantes por saber si el film podrá sostener semejante compromiso. ¿Qué tiene de relevante esta película, dejando de lado las reacciones más o menos predecibles de los amigos, o el propio perfil psicológico de John? Como podemos imaginar, el principal atractivo del argumento gira alrededor del pasado del protagonista. Pasado que permite pensar nociones como las de identidad e historia. Las situaciones que John vivió, los lugares en los que estuvo, las culturas y los descubrimientos a los que se enfrentó. Pero, principalmente, los personajes históricos que conoció, y los personajes que él mismo fue. Porque no hay manera de vivir catorce mil años sin ser, o sin haber sido, una y a la vez, muchas personas (y si no pregúntenle al Inmortal de Borges).

Cerca de la mitad del film, el argumento da un giro menos especulativo y nos introduce en planteos propios de la historiografía. Si hay algo interesante en el testimonio de John es que nos recuerda el matiz subjetivo y ficcional que posee todo relato sobre el pasado. Especialmente cuando esos relatos entran en terrenos ideológicos, políticos o religiosos (que es a donde el film nos conduce), los cuales siempre están atravesados por disputas de poder. Es así como, finalmente, esta segunda parte pretende sacudir algunas verdades históricas, planteándonos un “y qué si las cosas fueran de otro modo”. Porque la historia, parece recordarnos el film, la escriben los que ganan.