Nunca una imagen le vino tan bien a un libro. Hay que felicitar a la gente de la novísima Editorial Páprika*, tanto por la estética y el diseño de este libro como por la fuerte apuesta por un enigmático autor como forma de arrancar su catálogo. Juramos y perjuramos además que el elogio es sincero, no tenemos ningún lazo con ninguna editorial: seguimos siendo pobres y comiendo el arroz más barato del mercado chino.

A pocas palabras, la novela se podría resumir en un pibe (Clyde) inserto en la era digital, intentando escribir -beca mediante- una novela que-no-sea-posmoderna y todos los pormenores de su relación amorosa con una chica (Bonnie). Poca cosa digamos. Pero no lo es. Ya lo dijo Godard, “todo lo que se necesita para una película, es una mujer y un revólver”.

La literatura es un arma cargada de futuro. O de abulia y apatía en este caso. Lo particular de esta novela es que logra retratar de manera certera un ethos generacional -o al menos a su variante palermitana-. Riéndose de la risa, siendo irónico sobre ser irónico, forma un particular juego de sinceridades socarronas que nos muestran a un sujeto desnudo y fragmentado, apantallado por las luces del capital, en búsqueda de un sentido que no encuentra en ninguna parte. ¿Después de la caída de los metarrelatos que nos queda? ¿y después-del-después?. Esas cosas de la literatura posmo.

Los diálogos en ‘Te quiero’ reflejan en gran medida estas características: se suceden de forma prosaica y rozando lo superficial. Son cortos y delirantes, como si la vida fuese un chat constante. Incluso los nombres de los personajes parecen sacados de la esfera digital, nicknames que deambulan en un gran servidor como mundo (Bonnie, Clyde, Gordo Marxxx, Moe!). Es la vindicación del diálogo virtual como modo de expresión legitimo. Nos muestra una vivencia engendrada en esta época, informática en todo sentido: hay una clara hipertrofia informacional y comunicacional que afecta la manera en que vivimos. Estamos constantemente bombardeados por estímulos que nos atraviesan y configuran en mayor o menor medida. Si las marcas comerciales tienen una fuerte presencia en el discurso de la novela, si se permean en el habla de los personajes, no es casualidad: es que todo se convierte en objeto de consumo.

La novela, en su aparente estilo de simplismo adolescente-tardío despierta reflexiones críticas interesantes. ‘Te quiero’ es el relato sincero de una época, es la visión critica del ser a-político -encarnado en Clyde-, una condición que es puesta en evidencia como una mentira servil y funcional a las garras del neoliberalismo (¿Es justo que no participe políticamente siendo que recibe una beca?); es la puesta en escena del rol de las relaciones sociales en tiempos convulsos y líquidos (¿ante una realidad fragmentada es el amor la única certeza?); es la reflexión sobre la dificultad que conlleva la escritura y el fantasma de los ídolos-monumentos (¿se puede escribir realmente algo nuevo?); es el sujeto atravesado por el proceso de personalización propio del consumo de masas (¿somos lo que consumimos?).

En definitiva el trasfondo filosófico de la novela pareciera ser el sujeto en el siglo XXI. Pero no cualquier sujeto, la juventud. Esos ‘nativos digitales’ que personifican Bonnie y Clyde, fragmentados, virtuales, esquizofrénicos (¿que otra cosa es el devenir inseparable de ficción/virtualidad-realidad sino la esquizofrenia más pura?).  ‘Te quiero’ invita a la reflexión, al examen, a la crítica -y a la autocrítica- de una nueva generación que encarna nuevas problemáticas, nuevos peligros, nuevas formas de hacer literatura. Frente al desencanto generalizado, ese ‘todo da igual, todo apesta’, frente al consumo como manera de concebir la vida, de (re)construirse, cabría preguntarse qué es lo que erigimos en el espacio vacío que dejaron las grandes ideologías. Después de todo ¿Detrás de este pragmatismo relativista no se esconden también las garras más viles del poder?. Si Nietzsche dijo tiempo atrás que Dios había muerto, como reafirmación de la voluntad de poder del ser, deberíamos quizás reformular la frase para estos días que corren: Dios ha muerto, larga vida al Mercado.

*A momento de publicar la entrada, nos enteramos que, por problemas legales de marca, la editorial sufrió un cambio de nombre. Ahora se llama Editorial Sigilo.