Cuando hice una reseña de EL LIBRO DE LA SELVA (2016), no pude evitar hablar de un factor que es determinante a la hora de juzgarla como producto cultural –si se sienten incómodos llamándola obra de arte-: su naturaleza de re-make. Pues, fui a ver LA BELLA Y LA BESTIA (2017) y de nuevo se me plantea la misma interrogante: ¿Cómo juzgar esta película? ¿Cómo decidir si es relevante o redundante, aburrida o emocionante, sin tener en cuenta este factor extra-artístico que pasa por lo cultural? Hay películas, como la fantástica SYNECDOCHE, NEW YORK (2008) que, por su virtud técnica, hacen que uno las piense como objeto artístico independiente, y otras, como PERSÉPOLIS (2007), que incitan a establecer un diálogo con el contexto que se “refleja” en dicha película. Lo cierto es que, a la hora de pensar un filme, es necesario tener en cuenta las dos perspectivas de esta pelea antigua en la crítica artística: ¿El arte es autónomo, o depende de su contexto?

Volviendo a la película de Bill Condon, encuentro que, técnicamente, es exitosa. Dirección correcta, fotografía bellísima, montaje que al menos no arruina la experiencia, y un guion y soundtrack que, si tienen fallas, ya las tenían en la versión de 1991, ya que no hay prácticamente cambios. Por lo tanto, ¿Cómo juzgarla? Es inevitable, repito, ignorar su estatuto de remake. Entonces, ¿Qué función cumple un remake? ¿Por qué se hacen? Más allá del obvio rédito económico, ¿Es cierto eso de que “Hollywood se está quedando sin ideas”?

El problema del remake es complejo, tiene muchas aristas, y trae acopladas otras preguntas. Por lo tanto, esta entrada va a ser un poco más extensa de lo habitual pero, si no salen corriendo, espero que resulte igual de interesante. Empecemos vinculando el remake a la tarea de la traducción. Desde sus orígenes, el cine se vale de la utilización de historias previamente existentes -la primera BEN-HUR, adaptada de la novela homónima de Lewis Wallace, es un corto de 1907. Esto no ocurre en la literatura: si existen libros que retoman narraciones anteriores, tienen generalmente una intención de contraste o experimentación, como en el caso del libro de Alessandro Baricco: HOMERO, ILÍADA. La adaptación que hace el cine de textos literarios puede ser entendida como un acto de apropiación de un relato contenido en los códigos de la alta cultura, por parte de la cultura popular. En este sentido, el efecto es positivo: de apertura, de posibilidad de acceso para un mayor número de personas. Lo mismo ocurre con el asunto de la visibilidad. Muchas veces, las remakes se encargan de llevar un producto poco conocido -“de nicho” como se los llama- a las grandes masas. Ahora bien, esto abre aún más preguntas: si bien el acto de querer hacer visible una obra menor tiene mucho valor ¿No implica también una simplificación de dicho filme? La intención de hacer popular una obra de nicho es, en sí misma, contradictoria, porque lo que la vuelve una película de ésta clase es que posee un lenguaje que no es atractivo para el gran público.

Además de ese problema entre producto masivo y obra minoritaria, la función de “traducción” llevada adelante por las remakes tiene, al menos, dos contracaras más. Por un lado, es conocido el argumento aquel que dice que “la película no es tan buena como el libro”, la idea de que el séptimo arte nunca es capaz de abarcar una supuesta totalidad que si contiene el objeto literario. Dicho enunciado parte de una concepción reductivista del cine y de todo el arte en general: éste debe re-crear algo. Sea un acontecimiento, una experiencia de vida, u otra obra artística, la película está obligada a “mantener tal cual” aquello que toma como inspiración. Esto es erróneo. Que un filme sea parecido al original no implica que sea bueno. Esta idea del arte como objeto inmaculado que merece respeto da origen a adaptaciones redundantes, que se limitan a reproducir pero no dicen nada nuevo (es el caso de la MADAME BOVARY (2014) de Sophia Barthes).

Por otro lado, la remake puede ocultar un intento de negación de lo diferente. Tomemos como ejemplo EL SECRETO DE SUS OJOS (2009), película argentina aclamada por críticos nacionales y extranjeros, que fue adaptada por Billy Ray para el público estadounidense en 2015 con muy poco éxito. ¿Por qué fracasó esta versión? Se pueden dar muchas razones, pero ante todo, creo que hay un problema de concepción; un fallo sustancial que hace que la película “nazca muerta”. La versión de Campanella debe mucho al policial tradicional. Éste género funciona como un lenguaje compartido por la tradición norteamericana y la argentina. Aún así, hay un componente estético –que está ligado a una vivencia específica del pueblo argentino- que hace que ese argumento se relacione muy bien con la forma en la que está filmada. Claro que la destreza de los encargados del filme en cuestión tiene mucha importancia, pero creo que hay un factor cultural determinante. En otras palabras, EL SECRETO DE SUS OJOS solo podía ser hecha en Argentina, porque solo los lenguajes y códigos de este país eran capaces de hacer funcionar esa relación específica entre forma y contenido. Al querer filmar esa historia echando mano de convenciones, fórmulas e ideologías cinematográficas norteamericanas, un componente básico muere, y la película se siente vacía. Otro ejemplo más radical es CIUDAD DE DIOS (2002), que no se vale de forma tan notable de un género para contar su historia, y construye algo que solo podía filmar un brasilero en Brasil.

Este es, como dije, un acto de negación, pero también de asimilación de la cultura ajena. La industria cinematográfica estadounidense es, en este momento, la que mayor poder –dinero y visibilidad- tiene. En la necesidad de adaptación del cine extranjero, la cultura norteamericana muestra una conducta de intolerancia hacia la ajena –comportamiento que, por el otro lado, se observa también en los modos en los cuales ésta se relaciona con las demás a todo nivel: es el viejo tema del “imperialismo shanki”, de su deseo de expansión y homogenización de lo diferente. En este sentido, los nuevos medios de comunicación y las tecnologías actuales funcionan como aparatos de reproducción de la cultura dominante. El cine es, después de todo, discurso, y tiene ahora un alcance que no tuvo nunca en la historia de la humanidad-. Sentado esto, la negación no es solo de las cosmovisiones extranjeras, sino que lo es también del pasado, de la cultura pasada. El otro día discutía con un conocido que afirmaba que aún esperaba una actualización de ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS (1951), ya que ésta se encuentra, según él, anticuada. Esto es un problema a nivel del espectador y también de la industria. La segunda, con su tendencia al remake, construye formas de relación entre el individuo y el producto artístico; influye en nuestra forma de concebir y vincularnos con el “cine viejo”. Esto es tal vez parte de un problema aún mayor, propio de lo que se llama actualmente “cultura audiovisual”, que es el de la poca capacidad del espectador de dar lugar a cierto objeto cultural debido a la inmensidad del flujo de información que maneja. Lo que pone en entredicho al consumidor actual no es cómo acceder al contenido, sino cómo elegir qué ver. La idea de que un filme viejo es obsoleto es dañina en nuestra relación con la cultura en general. La obra deviene comida rápida, envoltorio reciclable, pura mercancía, y se rompe, por lo tanto, una de los efectos más fascinantes del arte, que es el acto de la comunicación. La imposición del lenguaje cinematográfico –o del código cultural- más contemporáneo, más inmediato, por sobre cualquiera que venga detrás, imposibilita el acceso a la tradición y la historia, y por lo tanto, cancela obras que poseen su propia voz, que son irreemplazables porque conjugan forma, contenido y contexto como ninguna otra puede.

LA BELLA Y LA BESTIA es un ejemplo de remake improductivo: nada trae de nuevo, sino que se ocupa solamente de “actualizar” la anterior, como esos videojuegos que son iguales a las versiones previas pero con mejores gráficos. No hay grandes fallas técnicas en esta película –al menos, que no estén también en la original-, pero tampoco hay producción. Es la obra entendida solo como entretenimiento, pero no como fenómeno artístico. Hacer una crítica de esta película solo desde el punto técnico es ignorar –y favorecer- toda una maquinaria que funciona por detrás y que termina siendo perjudicial para la producción y el consumo de cine.

¿Cómo es, en teoría, un buen remake? Uno que, al estilo de EL PRECIO DEL PODER (1983), utiliza la tradición, no la reproduce. Uno que no se limite a actualizar una película técnicamente, sino que se vale de un relato para decir algo nuevo, expresar una cultura distinta en tiempo y espacio. Un buen remake no “sustituye” al anterior, sino que convive con él, porque es, en esencia, algo distinto. Los live-action que está sacando Disney apuntan a una lógica de producción en la que cada producto tiene fecha de caducidad. En otras palabras, una lógica de mercado en la que la expresión deviene repetición.