Pocos problemas generan tanta polémica como el de la legalización del aborto, incluso en el interior de personas o movimientos que se reconocen como feministas. Lo que deberíamos preguntarnos, en este sentido, es cómo posicionarnos políticamente frente a un problema ético que, como el aborto, provoca respuestas tan contradictorias.

La discusión acerca de si el embrión es o no es una persona genera una gran cantidad de desacuerdos e incluso hiere sensibilidades; se trata de un problema acerca del cual no hay consenso social, y no parece que vaya a haberlo en el corto plazo. Por esta razón, y teniendo en cuenta la urgencia con que debiera tratarse la cuestión de la legalidad del aborto, habría que encontrar otro fundamento ético (ya no determinar cuál es el estatus del embrión, o cuándo comienza la vida humana) que movilice un debate político.

En nuestro país, las mujeres que se enfrentan a un embarazo no deseado y elijen abortar tienen, a grandes rasgos, dos opciones: si tienen plata, van a una clínica privada; si no cuentan con ese dinero, lo hacen bajo condiciones sumamente peligrosas para su salud. En el mundo, según la OMS, cada doce minutos una mujer se muere por causas vinculadas a abortos clandestinos.

Frente a semejantes números, se impone una pregunta: ¿es necesario que tengamos que ponernos de acuerdo acerca de si el aborto es éticamente correcto o no, problema cuya solución parece hoy muy lejana, para que nos pongamos a discutir seriamente acerca de la necesidad de legalizar el aborto de forma libre, gratuita y segura?

Otra forma de plantearlo: ¿si el aborto fuera legal, las personas vivirían mejor o peor? Es cierto que quienes se oponen al aborto podrán decir: “más allá de lo que suceda con esas mujeres, los embriones, que sí son personas, morirían”. Aceptemos o no sus premisas, una objeción como esta es irrelevante. Porque no es que partimos de una situación en la cual ninguna mujer aborta, y lo que nos preguntamos es si a partir de ahora podrán o no hacerlo. Los abortos ya se practican, y cada mujer lo hace de forma más o menos segura según sus recursos. De existir una ley que garantice el derecho al aborto, la situación de los embriones no se vería afectada; lo único que cambiaría sería que esas mujeres no tendrían que poner en peligro sus vidas.

Como puede verse, no estamos contestando a la pregunta “¿es el aborto legítimo o no?”, sino tratando de destacar esta otra: ¿es legítimo que miles de mujeres mueran cada año por pertenecer a una condición socioeconómica vulnerable? La respuesta a esta segunda pregunta, a diferencia de la primera, me parece que es evidente.

Esto no quiere decir que la discusión ética del aborto no sea importante; al contrario. El debate político no reemplaza ni menoscaba al filosófico (sin ir más lejos, que el aborto sea legal no resuelve qué decisión tomaría cada mujer frente a un embarazo imprevisto). Pero sí significa que mientras discutimos eternamente acerca de una cuestión sobre la cual no hay consenso (el estatus del feto / el comienzo de la vida humana), vamos a estar ignorando que, en poco más de lo que lleva leer este texto, otra mujer acaba de morirse.