Es hora de sumergirse en el spaghetti western, ese género de los 60 y 70 que es hijo del western tradicional norteamericano pero que lo revisita desde lugares diferentes y apuesta a la construcción de una experiencia estética distinta. El argumento tiene la misma base narrativa: la lucha entre un protagonista bondadoso y un villano malicioso. Sin embargo, el spaghetti western construye otra forma de ese espacio casi mítico que es el lejano oeste. Exhibiendo cierta cercanía con el policial noir o la novela negra, este mundo es uno de decadencia y oscuridad. En el caso de A fistfull of dollars, Joe (Clint Eastwood en un papel icónico para la historia de la cultura popular y el cine) se encuentra en el primer plano de la película frente al pueblo que albergará la acción: uno que, gracias al hecho de que es gobernado por dos familias que trafican armas y alcohol, ha sido partido en dos por una pequeña guerra civil. Es un lugar donde la barbarie triunfa sobre la ley y la vida de una persona vale lo que el capricho de otra. En este mundo se sumerge el héroe. En A fistfull of dollars, este será Clint Eastwood, con su expresión dura y su absoluta temeridad. Valiéndose de ella, de su ingenio y de su rapidez de manos, hará frente a la perversión humana para restablecer el orden en el pueblo corrompido -cuyo quiebre se ilustra con la separación forzada de Marisol y su familia, al ser secuestrada por el jefe de la familia más fuerte, el perverso Ramón-.

A su vez, esta es la historia de un hombre forajido -que, si bien funciona como representante de la ley del estado en tanto hace desaparecer las prácticas ilegales, es sobre todo el agente de otro orden, más primigenio, de índole ético aunque aún vinculado a lo político- que llega a un pueblo para aprovechar el caos y jugar al juego que sabe jugar: el de la ley del más fuerte, o en este caso del más inteligente. Porque, de hecho, Joe no es solo una pistola rápida, sino que es un estratega nato: sabe leer a las personas y dirigir los acontecimientos. Su contrincante es Ramón, el otro gran intrigante del pueblo -con quien compite como en una suerte de partida de ajedrez entre Sherlock Holmes y Moriarti-. Consecuentemente, la victoria al final queda decidida el ingenio -en una escena que repetirá a modo de homenaje 26 años más tarde Robert Zemeckis en Volver al futuro III-. El pistolero forajido es, entonces, el sujeto que vive, no dentro de la ley, sino en sus límites, o mejor dicho, establece una ley propia e impone su criterio moral, el cual funciona como último bastión de defensa ante la barbarie que se reproduce en el desierto árido.

Un sujeto de los bordes -al estilo de otras figuras de la tradición narrativa como el gladiador, el pirata o el mercenario- que llega a un pueblo disputado por dos grandes bandos, y valiéndose de su valentía y su ingenio, con el cual manipula a los demás personajes, lo libera. Este argumento es casi idéntico al de Yojimbo, de Kurosawa, estrenada 3 años antes. Las similitudes son notables, y esto no es ya ninguna sorpresa –el cineasta japonés llegó a denunciar a Leone por plagio, y ganó-. Sin embargo, la película de Sergio Leone es un producto totalmente distinto. No hace falta más que señalar alguna de las cualidades estéticas que su película despliega, como por ejemplo la fijación sobre la mirada. En ella, el director encuentra una forma ideal de condensar el sentido de una escena. A eso se deben las largas pausas y el acercamiento al rostro del actor: son en gran medida sus ojos los que dan vida a la escena y construyen ese procedimiento narrativo tan característico de este cine que es el ‘momento’. Esta técnica es utilizada hasta el hartazgo en A fist full of dolars: miradas de susto y zozobra, miradas de anhelo, miradas de dolor; y también miradas que marcan mutaciones centrales, puntos de quiebre, como el de Ramón en el final, cuando por primera vez su expresión, la mirada del hombre que está siempre en control de la situación y define el devenir de los acontecimientos con su determinación y su astucia, se vuelve desconcierto ante ese otro hombre al que no puede matar con su pistola, quien se sigue levantando una y otra vez. Ramón pierde la certidumbre pues en su mundo ingresa lo imprevisible. Joe se vuelve el primer suceso que está por fuera de su control, y en el pánico de su mirada se consolida una de las tantas escenas que hacen de esta película un acontecimiento único.