Todos saben, en el fondo, que la tecnología es peligrosa. De hecho, es uno de los grandes temas de la cultura pop moderna: piratas heroicos, las máscaras cinéfilas de anonymous, el bardo de Panamapapers, la filtración de fotos comprometedoras de actrices famosas, y ni hablar de la horrible pero fantástica posibilidad de una inteligencia no-humana, o la gran distopía del siglo XXI que es la realidad virtual –y la tenebrosa elección entre la píldora azul y la roja. La tecnología, como tema de obsesión y fanatismo colectivo, se encuentra, a cada instante, más presente que nunca. Es el mismo caso con los celulares. Muestran éstos la misma naturaleza ambivalente–en la cual radica, tal vez, su oculto carácter ominoso: la posibilidad, por un lado, de potenciar las capacidades cognitivas y sociales del hombre, y por otro lado, la seguridad de ser -sobre todo al agenciarse con los mecanismos de la sociedad capitalista- dispositivos de rastreo y control. Pequeños panópticos de bolsillo, diría Foucault.

Hoy quiero hablar de poder, capitalismo, y tecnología. Para ilustrar –y matar el embole propio del desarrollo teórico-, voy a traer a colación una película que me encanta, dirigida por Peter Weir –ese que hace cosas copadas de vez en cuando-, escrita por Andrew Niccol –ese que solía hacer cosas copadas- y protagonizada por Jim Carrey –ese del que hay opiniones cruzadas-: The Truman Show (1998). Luego de verla después de mucho tiempo noto que es sensacional para pensar algunas cuestiones respecto de la relación entre el hombre y la tecnología. Sin embargo, antes de eso, vale hacer referencia a una autora que toma la batuta de Foucault y lleva el problema del poder a la flamante Edad Digital –el Empire Earth prediciendo la evolución de la humanidad desde noviembre de 2001-, cuyo inicio está marcado por un cambio a nivel epistemológico y social. Paula Sibilia[1] sigue el pensamiento inaugurado por el filósofo francés, casi inédito en la tradición occidental, y central para el marco teórico que va a desarrollar el posestructuralismo francés –clave para entender algo del hombre actual-; un pensamiento arraigado en lo histórico, que procede según un método arqueológico, y que se concentra, sobre todo, en la idea de poder.

Esta es una cita de Sibilia quien, como dije anteriormente, hace de “Foucault del siglo XXI” y actualiza la descripción de las estructuras de poder a la época de las tarjetas de crédito y los smarthphones: “En ese mundo ‘sin afuera’, el encierro ha sido superado claramente como la principal técnica de poder y saber. Confirmando las intuiciones de Deleuze, el hombre confinado por las sólidas paredes de las instituciones disciplinarias, bajo la vigilancia de una mirada constante que lo somete a la norma, está cediendo lugar al hombre endeudado de la sociedad contemporánea. El consumidor (…) está condenado a la deuda perpetua.” (38-39). En estas palabras se contienen las ideas generales del planteamiento de Sibilia: ya no vivimos en la era industrial; no nos encontramos ya sometidos por dispositivos tales como la prisión, el trabajo o la institución de la familia, que seguían la lógica de la autovigilancia para modelar la consciencia y el cuerpo de los individuos, y volverlos componentes productivos del sistema capitalista naciente. Ante el surgimiento de lo digital, los mecanismos de poder han cambiado.

Acá es donde entra la idea del consumidor. Existe un nuevo capitalismo, potenciado y replicado a través de los canales abiertos por la tecnología. Los modos de influencia en la consciencia de las personas han cambiado también. El principal agente es el mercado, al que se proyectan constantemente nuevos modelos, ideas o imágenes metabolizadas en mercancías y dirigidas a ciertos ‘targets’. La individualidad no pasa ya por la pertenencia a un colectivo –sea una nación, una clase social, o una franja política-, sino por su adecuación a un nicho de mercado. El sujeto ha pasado de estar dominado por una estructura disciplinaria –como en las fábricas- a estarlo, de modo más sutil, por el sistema tremendamente efectivo que permite la evolución de lo digital: todos tenemos un perfil de consumo. Acá se puede citar la imagen de los espectadores que observan el Show de Truman, poniéndose del lado del héroe, compartiendo sus vivencias y deseando, al igual que él, la libertad. La vida de Truman ha sido digitalizada, atravesada por cierta manipulación narrativa y, por último, vendida. La tecnología –las cámaras y las pantallas, constantes durante la película- es el medio de desarrollo y reproducción de este ciclo alienante según el cual lo humano se convierte en mercancía. Los espectadores son los consumidores de los que habla Sibilia; los nuevos sujetos-productivos de la era digital.

Finalmente, Truman es el representante de lo que la teórica denomina “hombre postorgánico”: aquel cuyas limitaciones físicas han sido rotas. Con la aparición de lo digital, el cuerpo entendido como sostén de la vida es puesto en duda. Las nuevas tecnologías permiten al hombre trascender las limitaciones físicas del tiempo y el espacio. Esta nueva proyección de la vida se da, en el caso de la TV, mediante la reproducción propia de la imagen. La nueva inmortalidad adquirida exige como precio la pérdida del “original” por la replicación indefinida –sí que sabía lo que decía Benjamin-. Truman se convierte en el cuerpo-imagen, y, en última instancia, en la imagen-mercancía, unidad de valor definitiva del sistema de poder de las nuevas épocas.

[1] Si alguien es tan atento para notar que hemos citado a la misma autora en dos entradas distintas en la misma semana, le decimos: no es que no tengamos ideas, es que uno se la robó descaradamente al otro (decidan ustedes quien).