Durante el Holocausto, una de las corrientes judías más maltratadas fue la del Jasidismo. Los rabinos y fieles que sobrevivieron, en su mayoría de la Europa del este, emigraron a distintos países con la intención de rearmar la comunidad. (Para  los que no se ubiquen, son esos tipos de traje, barba y que se dejan largos dos mechones de pelo a los costados). One of us, documental presentado hace unos meses en el Festival de Toronto y también disponible en Netflix, se sitúa en el contexto de la comunidad jasídica contemporánea de Brooklyn y narra la vida de tres jóvenes que deben enfrentarse a las duras consecuencias de haberse alejado del estilo de vida tradicional.

Entre los miembros de esta comunidad existe un fuerte sentido de pertenencia, y no es para menos (Arendt, por ejemplo, decía acerca de ciertas comunidades judías que ofrecen a sus miembros un calor que ahoga, una cercanía agradable pero que impide diferenciar la singularidad de cada uno). Existe la idea de que los males suceden porque la comunidad no ha permanecido lo suficientemente unida o apegada a la tradición; por eso, cualquier intento de diferenciación es entendido como una ‘contaminación’ o ‘desviación’, y conlleva consecuencias muy duras. Y es que detrás del tradicionalismo, los sombreros y las barbas llamativas, se sostienen relaciones de poder sumamente rígidas, las cuales, favorecidas por el hermetismo absoluto que rige a la comunidad, permiten que en su seno se cometan actos de abuso y violencia extrema.

Dos cosas me llamaron la atención acerca de este documental. La primera y muy destacable es la manera en que se representa a la comunidad. En estos casos existe el riesgo de caer, o bien en una denuncia que ignore las condiciones que dan lugar a ciertos fenómenos, o bien confundir comprensión con relativismo, y carecer de esta manera de todo espíritu crítico. Me parece que en este caso se evitan ambas cosas y logra un equilibrio muy acertado. Además de las experiencias narradas por los tres protagonistas, hay algunos testimonios de miembros de la comunidad que reflejan en sus maneras de ver el mundo preocupación por los hechos de violencia sucedidos, y cierta tolerancia hacia formas de vida fuera del jasidismo (de esta manera se evitan las miradas esencializantes, y se produce un principio de empatía con estos personajes: se puede llevar una vida feliz dentro de la comunidad). No obstante, preocupación no es denuncia, tolerancia no es respeto, y la relativa apertura de estos personajes aparece en medio de un contexto en el que la norma es muy distinta.

Para los jasídicos existe una división muy fuerte entre el mundo de la comunidad y el ‘mundo laico’, como ellos lo llaman, y el documental entra y sale continuamente de ambos territorios. La segunda cosa que me llamó la atención fue precisamente la manera según la cual el film representa este mundo exterior. A diferencia de lo que sucede con la comunidad judía, frente a la cual plantea evidentemente una mirada crítica, todo lo que se sitúa hacia afuera parece escapar a esta reflexividad. El mundo laico está cargado de enunciados positivos, ninguno de los cuales es problematizado ni por un momento: podemos buscar el trabajo que queramos, podemos elegir qué estudiar, podemos vestirnos como nos guste, tenemos acceso a Internet, etc.

Los conflictos sin embargo existen. Luzer Twersky, uno de los protagonistas que abandonó la comunidad, tiene problemas económicos y debe vivir en una casa rodante: “Mi entusiasmo por el mundo laico, mi idea de diversión en el mundo laico, y mi comprensión de ese mundo se basan en las películas. Pero cuando miras al mundo exterior, tu percepción de él está equivocada y te das cuenta de que, en realidad, si te vas [de la comunidad], quizás debas trabajar en un McDonalds. Porque no sabes hacer nada, ¿qué vas a hacer? Diseñaron la sociedad [jasídica] para que no puedas sobrevivir en el mundo exterior. Diseñaron un mundo en el que, si te vas, la única opción para sobrevivir es que seas un delincuente. Dicen que todos los que se van terminan regresando, o terminan presos o en rehabilitación. Pero no sobreviven afuera.”

Esta suma (acentuar cosas positivas del mundo laico, y reconocer conflictos, sobre todo económicos, pero sin hacer ninguna crítica de dicho mundo) da un resultado raro. El film parece dar a entender lo siguiente: que estos sujetos tengan problemas económicos es resultado exclusivamente de sus historias personales, de sus conflictos con la comunidad jasídica, de su crianza; el sistema funciona, con los sujetos adecuados pero funciona. Es interesante pensar hasta qué punto esta construcción responde a las experiencias personales de los tres protagonistas (en cuyos relatos encontramos algunos rastros del ‘sueño americano’, y de observaciones algo ingenuas -por ejemplo equiparar Internet a libertad-), y hasta qué punto está la mano del director, teniendo en cuenta que el género documental, en teoría, busca más filmar una situación desde cierta distancia, que hacer un juicio sobre eso que filma. En ese sentido habría una ambivalencia interesante para problematizar, pues el efecto, la imagen que se construye de este “mundo laico” (de la sociedad estadounidense) hace ruido. De todas maneras la obra es muy recomendable. Sus puntos más altos son la contextualización del conflicto, así como la empatía que logra generar hacia los personajes, y en ese sentido es auténtico, fluye con naturalidad.