Resulta que nos encontramos situados en Turquía con un grupo de hermanas muy jóvenes, entre la adolescencia y la pre-adolescencia, y con un suceso que a los ojos occidentales califica de totalmente normal: chicas jugando, subidas a caballo, con chicos en la playa en el medio del mar. Pero no, para el pueblo en el que habitan han cometido un acto impuro y son juzgadas por ello. ¡Las pibas son unas putas! exclaman las viejas del barrio. A tal punto llega, que se ven forzadas a hacerse pruebas de virginidad para demostrar que conservan -a los ojos de la sociedad- su valor, su pureza como mujer.

Ese es solo el comienzo. Esa tensión inicial de un instante juvenil, lúdico, retratado de manera hermosa cabe decir, va a contrastar constantemente con la intrusión opresiva del patriarcalismo más recalcitrante, que ejerce de manera cada vez más explicita la violencia física y simbólica sobre las chicas.  Ya no solo por medio de la reproducción sistemática de los valores dominantes por parte de las viejas oprimidas, que no se sienten capaces de liberarse del yugo que las esclaviza, sino también -de manera más clara y directa- por medio del Tío de las pibas. Tío que es la encarnación del Hombre con mayúscula: tirano, perverso, opresor.

Las estructuras del poder se revelan tanto en las acciones argumentales -en casamientos arreglados- como en los espacios que las configuran. El espacio íntimo, la casa progresivamente enrejada, constituye la máquina-opresiva perfecta. Es el lugar donde se encarna con mayor fuerza la dictadura falocéntrica que oprime a la mujer, que la confina, que la pretende objeto-sumisa y no sujeto-activa. Es decir, aquello de que la mujer debe ser sujeto doméstico, relegada al rol de lo privado, al aseo, a la cocina, a satisfacer al marido; mientras que el hombre es el ser-político, dominador de la esfera pública, el que toma las decisiones, el que elige cómo se dan las cosas y cuándo. En esta contraposición violenta, siempre en constante diálogo, se privilegia la fuga, la liberación del sujeto de las garras del monstruo cultural hegemónico.

Pero, la liberación es un parto doloroso decía Freire. Ahí es donde brilla la película. Es la guerra de la vida contra los corséts que intentan encasillarla, un campo de batalla donde emerge como heroína uno de los personajes más interesantes del film, Lele. La más pequeña. La subversiva. La feroz. La rebelde. La que le escupe el café a los que arreglan matrimonios. La que se escapa de su casa para ir a ver un partido de fútbol. La chica que solo quiere vivir de la manera que le brota naturalmente.

Largo podríamos hablar sobre el rol de la mujer en Oriente, subirnos al pedestal occidental, dárnosla de superados, entender que el problema son las reglas de su sociedad y después irnos a dormir tranquilos. Creo que sería un error terrible. Si algo invita el film es a reflexionar sobre la posición que ocupamos, cómo se articulan los roles de género, los privilegios que tiene el hombre -sobre todo el blanco cisgenero-, los valores pre-existentes que manejamos en nuestra cotidianidad. ¿Qué tan diferentes somos nosotros si cuando hay una víctima de violación preguntamos cómo iba vestida? ¿Qué tan diferentes somos si a una piba que ejerce su sexualidad libremente la llamamos puta? Cambian solo algunos límites, pero el prejuicio y la opresión -tanto física como simbólica- están tan presentes en nuestras vidas como en este relato cinematográfico. Que la directora sea una mujer no es un detalle menor, es una declaración de principios. En un ambiente sobrepoblado por la visión masculina, ‘Mustang’ es la expresión, la toma de poder, de una cámara-mujer: parto de un cine que hace falta.