Hay una especie de contradicción con la forma en que se percibe la violencia de género. Desde luego que, si se le pide explícitamente una opinión a cualquier persona acerca de un hecho como el asesinato de Lucía, todos estarán de acuerdo en que se trata de algo horroroso (aún cuando muchos puedan añadir “pero mirá cómo se vestía” o “mirá qué consumía”, como si el vestirse de x forma o el consumir x sustancia fueran actos moralmente incorrectos, o provocaciones vaya uno a saber de qué tipo). Por otro lado, si nadie te pregunta, si nadie te pide específicamente una opinión, lo más probable es que no digas nada, que la dejes pasar entre tantas otras noticias. La violencia de género parece ser percibida como un fenómeno tan horroroso como habitual.

Pero hay que prestar atención a las palabras. ¿En qué sentido el asesinato de una adolescente es un horror? Hasta ahora he escuchado dos tipos de discursos aparentemente contradictorios que, reconociendo la atrocidad de estos hechos, son igual de fatalistas: uno, “son casos aislados, son unos cuantos locos”; y otro, “violencia hubo siempre y en todos lados, lamentablemente es imposible evitar que ocurran crímenes”.

En el primer ejemplo se niega que la violencia sea un problema de origen social, cultural o de educación, y por lo tanto se lo niega como tema de interés público. No tiene sentido plantearse un problema si entre distintos casos no hay conexión de causalidad (más allá de la maldad o perversión individual de los protagonistas).

En el segundo, en cambio, se reconoce la violencia como cuestión social, pero no como de interés político; se la piensa como una especie de ley histórica o “fuerza de la naturaleza”, a la cual no tiene sentido combatir, porque frente a lo que es necesario (lo que no puede ser de otra manera) todo acto se vuelve inútil.

Ni uno ni otro. Ni la violencia son “casos aislados”, ajenos a la cultura y las relaciones de poder que nos atraviesan, ni responde a “leyes necesarias” o fuerzas incontrolables, frente a las cuales tenemos tan poca responsabilidad como ante un desastre natural. La violencia de género es otra cosa, la violencia de género puede -y debe- dejar de ser.

Mientras un acto terrible como el de hace apenas una semana continúe siendo percibido en el mismo nivel que un desastre natural –es decir, ya ni siquiera como algo meramente habitual, sino como necesario o inevitable- todas las reacciones van a ser lamentos estériles y no dolores que movilicen al pensamiento y a la acción. En otras palabras, las vamos a seguir matando.