1.Her (2013) nos sitúa en un futuro cercano, y describe la relación amorosa entre Theodore y Samantha. Él anda por los treinta y pico, está atravesando un divorcio más largo de lo esperado y, en general, no parece pasar por su mejor momento. Ella es entusiasta, inexperta en el amor, y está descubriéndose a sí misma. Ah, y ella no es una persona, es un sistema operativo de última tecnología.

La relación entre ambos es mostrada, en un principio, desde el lado de Theodore. En más de una oportunidad (ya sea por preguntas del protagonista, o por comentarios de otros personajes, como su ex esposa) emerge la cuestión de si está saliendo con Samantha porque no es capaz de lidiar con emociones y experiencias reales. Visto de este modo, la relación entre ambos no sería más que un simulacro, por la sencilla razón de que no habría “ambos”, sino un solitario Theodore perdido en su fantasía digital. Pero éstas son más bien las excepciones. La imagen que prevalece durante casi todo el argumento es la de una relación auténtica. En realidad, esta visión parece la propia del tiempo de la película, ya que los amigos de Theodore aceptan a Samantha sin demasiadas vueltas.

Hasta acá, el tema clásico de la ciencia ficción: el avance de la tecnología sobre la vida cotidiana, que viene de la mano de nuevos desafíos para el hombre. Podríamos resumir el problema del film como la tensión que se genera a partir de las distintas formas en que puede ser considerado el fenómeno de la conciencia (en relación, obviamente, a la cuestión de la inteligencia artificial). En Her conviven dos visiones: la que percibe a Samantha como una máquina, como algo no-humano; y la que reconoce en ella, precisamente, los mismos rasgos que los de cualquier persona.

 

2. En El hombre postorgánico [1], Paula Sibilia estudia los efectos del desarrollo de la ciencia y la tecnología sobre los cuerpos humanos, en el marco de sus articulaciones políticas y económicas. Para resumir: lo que hace la autora es distinguir las formas en que se entendía la ciencia a principios de la edad moderna, en relación a cómo se comprende hoy. La meta del proyecto técnico-científico actual tendría la forma de “un impulso ciego hacia el dominio y la apropiación total de la naturaleza, tanto exterior como interior del cuerpo humano”. Esta visión se contrapone a la de los comienzos de la Modernidad (alrededor del 1700), en la que, siguiendo a Umberto Galimberti, “el hombre podía reivindicar su subjetividad y su dominio sobre el instrumental técnico”.

En Her puede verse cómo esa relación tradicional entre el hombre y el artefacto se quiebra del todo, porque el mismo desarrollo de la ciencia hace que los límites bajo los cuales entendemos lo humano entren en conflicto. Si tuviéramos que contestar qué es Samantha, ¿qué diríamos? ¿Un artefacto que simula la naturaleza humana, o una mujer sin cuerpo, “anclada” en un hardware de metal? Los conceptos clásicos de phýsis y tecnhé (en criollo, natural y artificial), como plantea la autora, están completamente mimetizados; ya no se sabe dónde empieza y dónde termina cada uno. Por lo tanto, el concepto que se tiene de lo humano tampoco alcanza para designar estas nuevas realidades.

Esta cuestión de los límites queda plasmada en el film a través del tema de la corporalidad. Theodore se enfrenta al problema de si, llegada cierta etapa de su vida, y “acumuladas” ya ciertas experiencias, no volverá a sentir o pensar cosas realmente nuevas, sino versiones desmejoradas y de menor intensidad que las que ya vivió. Samantha, por su parte, recorre un camino de continuo (¿e infinito?) ascenso. Poco a poco descubre su propio modo de ser; desde la básica capacidad de desear, o el experimentar la tristeza y el enojo, hasta las inmensas posibilidades que emergen de su interior -posibilidades que vienen dadas, precisamente, por su inmaterialidad. Tal como plantea la autora, “la materialidad del cuerpo se ha convertido en un obstáculo que debe ser superado para poder sumergirse libremente en el ciberespacio y vivenciar el catálogo completo de sus potencialidades”. Y ésta es la idea que la película permite pensar.

La pregunta sobre la naturaleza de Samantha, entonces, parece resolverse en una especie de síntesis de las dos visiones que estaban en tensión. En un sentido, ella es tan humana y real como cualquier persona (a pesar de su inmaterialidad), y así lo demuestran tanto su pensamiento como su emotividad. Pero por otro lado su modo de ser se revela como no-humano: no ya por estar debajo de esta naturaleza (como pretendía la ex esposa de Theodore, quien le pregunta, maliciosamente, “¿estás saliendo con tu computadora?”), sino por sobrepasarla, gracias a los increíbles ritmos, formas y tamaños que puede tomar.

[1] Paula Sibilia. El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2005.