El insulto es parte de nuestra cultura, ¿Quién no ha ido a la cancha a repartir puteadas ad honorem? No importa a quién, todos cuentan: hinchada contraria, jugadores contrarios, jugadores propios, árbitro, jueces de línea, dirigentes, y hasta a “mi viejo que me hizo de River” diría el tano Pasman. Digamos que los insultos son parte del folklore del fútbol y, por lo tanto, de nuestro fenómeno más popular. Jorge Luis Borges, autor de la frase “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”, ha escrito en Historia de la eternidad un breve ensayo sobre el “Arte de injuriar”. Borges ha advertido el potencial del insulto en la literatura, pero claro, lo ha llamado el arte de la “vituperación y la burla”.

Nuestro “inexpugnable” Borges, realiza un catálogo de procedimientos retóricos que nos acercan al arte de la injuria. Dicho de otro modo, el escritor porteño aprecia a aquellos que insultan con estilo. Entre algunos autores, nombra a Groussac, Swift, De Quincey, y los analiza de una manera elevada y precisa. Un ejemplo de este tipo de “insulto culto”, tiene como protagonista a Mark Twain, acérrimo en sus declaraciones contra Jane Austen, algo que, en menor medida, comparto. Con respecto a la literatura de Austen, dice: “¿Es su propósito hacer que el lector deteste a todos sus personajes hasta la mitad del libro, para ganar luego su afecto en el resto de sus capítulos? Eso podría ser. Eso sería arte de primera. También se podría decir que merecería la pena. Algún día, examinaré la otra mitad de sus libros y veré.” La clave en esta declaración se encuentra en la última oración. A este procedimiento, Borges lo llama “inversión incondicional de los términos”. En el Freestyle, en cambio, se le llama punchline.

Otro ejemplo de este “arte de injuriar” se da en la gauchesca, específicamente en las batallas de contrapunto, en la que dos oponentes se debaten sobre determinados temas para ver quién posee mayor sabiduría y resulta vencedor. La esencia de esta competencia consiste en desarticular al rival mediante la improvisación y el ingenio, como aquella escena entre Martín Fierro y el Moreno que inmortalizaría José Hernández:

Sin necesidad de remontarnos a las pampas del siglo XIX, hoy en día podemos observar esta misma mecánica en las batallas de Freestyle. Aquí también hay un oponente a quien manifestarle nuestra ira acumulada. Primero cambiamos la guitarra por un Dj, la pulpería por un escenario y un público, le sumamos el streaming y Youtube y listo. Tenemos un contrapunto 2.0. En este tipo de batallas queda prohibido el faconazo y el contacto físico. Cada uno de los MC´s (Master of Ceremony) dispone de un tiempo determinado para atacar y otro para recibir; luego vuelve a contestar, y así sucesivamente hasta que alguno resulta ganador. Como ha dicho Borges, “el agresor sabe que el agredido será él, y que cualquier palabra que pronuncie podrá ser invocada en su contra, según la honesta prevención de los vigilantes de Scotland Yard”. Lo que el público más celebra son los versos hirientes e ingeniosos, los llamados punchlines. En algún punto, la violencia verbal reemplaza a la violencia física, y el “cross a la mandíbula” de Arlt sigue tomando impulso para impactar al nuevo milenio. El Freestyle surge de la ira y, en cierta medida, el insulto encarna en el arte el lugar de la metonimia de nuestro tiempo.

El insulto podrá no ser otra cosa que la impotencia de los pobres, de los mediocres que, incapaces de enfrentarse a sus temores, se conforman con un me cago en tu padre, en tu madre o en tus muertos. El insulto parecería mancillar la lengua. Sin embargo, para que un insulto sea completo, debe contener fondo y forma. De nada serviría gritarle al árbitro: “¿Qué cobrás, impúdico?”. Como ha dicho Fontanarrosa, en su recordada conferencia, el insulto debe ser insultante. Reducir su impacto y gravedad es casi una falta de respeto con nuestro interlocutor, que obtiene una imagen desvirtuada de su talla como rival. La ofensa, cuando se ha llegado al punto en que es necesario hacerla, ha de ser brutal. Las malas palabras, dice, “brindan otros matices y hay algunas que son irreemplazables: no es lo mismo decir que una persona es tonta o pelotuda. Tonto puede ser una disminución neurológica agresiva, pero el secreto de la palabra pelotudo está en el énfasis de la letra T”.

Alguien podrá discutir que, a diferencia de la profundidad filosófica del contrapunto, las batallas de freestyle no son positivas. Pero, en definitiva, lo que hacen estos raperos es entretener a la gente y brindar un espectáculo. En todo caso, habría que comparar también el potencial que cada arte ha logrado o seguirá logrando. El Freestyle es un fenómeno que se expande en toda Latinoamérica, y crece cada día más, pese a quien le pese. A continuación, pongo cuatro de mis insultos favoritos en diversas batallas. Algunos surgen como respuesta a algo dicho previamente, otros siguen la línea de una temática y otros, simplemente, actúan al azar y por el mero placer del insulto. En todas ellas, predomina la improvisación:

Para terminar, quisiera destacar que la habilidad de cada competidor consiste en crear frases inesperadas y nuevas rimas a partir de lo conocido y, como en casi todas las artes, las transformaciones son las que marcan el ritmo de su historia. El hecho de haya transcripto un arte predominantemente oral en lenguaje escrito hace que este cristalice, y esto va en contra de este fenómeno que apunta al cambio permanente. Donde hay competición, hay cambio constante. De esta manera, se asegura que el arte no se cristalice. La única premisa que preserva al freestyle es la seguridad de que las cosas seguirán cambiando.