Inuyashiki. Dirección: Shinsuke Sato. Japón, 2018. Guión: Hiroshi Hashimoto (Manga: Hiroya Oku). Elenco: Takeru Sato, Kanata Hongô, Fumi Nikaidou, Yusuke Iseya, Ayaka Miyoshi, Yuki Saito, Noritake Kinashi, Mari Hamada, Nayuta Fukuzaki.

Ichiro Inuyashiki es un hombre de mediana edad sometido y despreciado por su familia y fracasado en el trabajo al que le diagnostican cáncer. Hiro Shishigami es un adolescente que vive con resentimiento por el abandono de su padre. Una circunstancia los une: un meteorito extraño cae golpeándolos simultáneamente y transformándolos en robots superpoderosos. Esta premisa pertenece al manga del autor de Gantz: Hiroya Oku, el cual es adaptado en largometraje live-action por Shinsuke Sato, quien se ha hecho con renombre en este tipo de proyectos por sus trabajos sobre otros mangas como Death Note y Bleach.

La película se instala sobre una dialéctica conocidísima: el héroe y el villano. A los dos personajes se les da la oportunidad de ser lo uno o lo otro, y depende de ellos elegir. El largometraje de Sato avanza metódicamente pero con seguridad: primero se encarga de presentar a sus protagonistas y establecer sus conflictos centrales. Las batallas serán, como es el caso de muchos ‘shonen’ o ‘seinen’, por un lado, manifestación del trasfondo narrativo de los personajes, y por el otro, metáfora de la lucha entre dos formas de concebir el poder y la responsabilidad. Inuyashiki se arma con todas las convenciones del género: las batallas que se vuelven gradualmente más alocadas y tremendas; la construcción de momentos emocionales para llevar al espectador a las patadas hacia la empatía; la desmesura dramática de los personajes. Se vale de todo este arsenal para salir disparado hacia su meta: una gran pelea final, desbordada de efectos especiales y de una kinestesia vertiginosa.

El filme de Sato es muy efectivo en la mayoría de lo que busca, pero con algunas excepciones. El trayecto de ciertos personajes secundarios termina siendo débil y careciendo de una buena construcción del vínculo con el espectador. Por eso, cuando se los incluye en el conflicto de los protagonistas, estorban mas que potenciar la acción. Por otro lado, la elección de yuxtaponer temporalmente el desarrollo de Inuyashiki y Shishigami (en lugar de hacerlo simultáneamente) hace que, para cuando llega el turno del segundo, el primero no tiene mucho que hacer. Se siente hacia la mitad del largometraje un notable bajón del ritmo, que tan potentemente había empezado gracias a la contundencia de la ‘backstory’ de Inuyashiki, y que tan fuertemente termina en un tercer acto de acción explosiva.

Holy Motors. Dirección: Leos Carax. Francia, 2012. Guión: Leos Carax. Elenco: Denis Lavant, Edith Scob, Kylie Minogue, Michel Piccoli, Eva Mendes, Jean-François Balmer, Big John, François Rimbau, Elise Lhomeau, Jeanne Disson, Leos Carax, Nastya Golubeva Carax, Reda Oumouzoune, Zlata.

Poco sé, así que poco diré sobre el cine de Leos Carax. Este visionado de Holy Motors es mi primera aproximación a este autor francés que ya es definitivamente de culto. Ésta es, al menos por el momento (porque contó en la ronda de preguntas posterior al visionado acerca de un proyecto que tiene para filmar un musical) su última película. Protagonizada por Denis Lavant, quien interpreta aproximadamente once papeles, este filme muestra el recorrido de un personaje en un día, desde que se sube a una misteriosa limusina blanca y a lo largo de diversas ‘paradas’ en las que llevará adelante roles de muy variada índole: padre de familia, criatura de las alcantarillas, tío agonizante, anciana limosnera y asesino, por nombrar algunas. La naturaleza de los roles es disímil, y exige a Oscar, nuestro protagonista, una transformación mental y física. Dicho de esta manera, la película plantea una estructura narrativa fácil de reconstruir. Los episodios tienen un marco cohesionante, principalmente, la limusina que dentro tiene un camerino que Oscar usa para transformarse y algunos personajes y diálogos que dan cuenta de la existencia de cierta lógica en este universo (se podría llegar a pensar en algún tipo de organización o institución que coordina la tarea de personas como el protagonista).

De esta forma, Holy Motors propone al espectador un viaje que, sin valerse de artificios como el utilizado por Alejandro Gonzáles Iñárritu en Birdman para generar el efecto del ‘long take’ o, se siente como una secuencia continuada de sucesos que nos cansa tanto como a Oscar. Por otro lado, cada episodio trabaja a partir de materia fabricada por los géneros cinematográficos: el cine de efectos especiales y acción, el terror, el drama familiar, el policial o la película de crimen, el drama tradicional, el musical romántico… Carax se vale de la trama unificadora de Oscar para recorrer los géneros, generando con experticia técnica los ‘momentos claves’ de cada uno de ellos (la incomodidad que penetra en la piel del espectador en el caso del terror, la empatía respecto del desencuentro o confusión emocional en el drama familiar, el instante del asesinato en la película de crimen, la gran escena de la muerte de un personaje en el drama tradicional, la conversación que rompe en canto en el musical), logrando condensar un gran número de películas en una sola (de nuevo, el espectador termina tan cansado como Oscar). Esto plantea una dificultad a nivel narrativo: ¿cómo regresar, luego de cada episodio, a una narración uniforme, a un marco de tono o un sentido globalizante? Carax soluciona parcialmente esto introduciendo desviaciones, rupturas abruptas del tono instalado en cada episodio. Algo ocurre en la película que saca de golpe al espectador del estado de embeleso en el que ha entrado. Volvemos, de golpe, a la limusina manejada por Céline.

La ausencia de una explicación al porqué de las acciones de Oscar ni a la razón de la existencia de ese entramado de individuos que admiten y posibilitan su accionar genera incomodidad en el espectador. Carax nos niega una justificación explícita, pero al mismo tiempo da pistas o claves de lectura. Desde una perspectiva de autor, lejos está el director de desentenderse de la tarea interpretativa y creer ciegamente en el espectador. De hecho, la escena inaugural que muestra a un personaje interpretado por sí mismo observando a un público que mira una película en una sala desde una altura que lo vuelve invisible a ellos, sumado a la introducción de fragmentos de los trabajos de Jules Marey sobre el registro del movimiento del cuerpo humano, nos dan la pauta del propósito manifiesto por parte del director de hacer algún tipo de apreciación sobre el cine y su historia. Es en este relato que enmarca los demás relatos en los que puede leerse un posicionamiento crítico y personal por parte del director. El tono, en las escenas de la limusina, adquiere, a lo largo que avanza el día, y sobre todo a partir de la octava cita, cada vez mayor nostalgia y tristeza. Pareciera que ese ‘rally’ emocional, ese recorrido por la historia del cine, tiene, además de su vitalidad desbordante, sus costados inciertos y desganados. En relación y a partir de la escena con el personaje de Michel Piccoli se han hecho lecturas que confieren a la película una desaprobación del curso que está siguiendo la evolución de la industria del cine, del ritmo vertiginoso en el cual las películas se producen y se estrenan y de cómo ésto afecta la realidad del actor, el cual se vuelve una suerte de empleado explotado. Personalmente, me inclino por interpretar las escenas en las que más fuertemente ingresa la voz de Carax (la primera, algunas vinculadas a la limusina, y la final, principalmente) no como un rechazo absoluto al futuro del cine pero sí como una suerte de advertencia, o al menos una visión reservada respecto de la posibilidad de pérdida de esa intensidad de la que es posible el cine. Oscar, quien parece adoptar por momentos la función de representar la postura del director, aunque cansado y en cierto punto decepcionado o desilusionado por el los cambios que percibe en su trabajo, decide continuar, volver a levantarse el día siguiente y pasar por todo lo que ha pasado otra vez. En este sentido, y teniendo en cuenta la canción que suena al final, la reflexión sobre el cine deviene meditación sobre la vida desde una perspectiva que muestra ciertamente fatiga pero no necesariamente hastío; agotamiento, pero al mismo tiempo una creencia duradera en el valor de perseguir la belleza y el deseo.

Para darle un cierre a esto, a Holy Motors hay que reconocerle al menos dos cosas: por un lado, una intencionalidad verdaderamente reflexiva y que no alcanza nunca el estatuto de discurso paternalista o pretencioso (aunque en alguna parte puede acariciar la posibilidad) sobre el cine, su pasado y su futuro; por otro lado, una maestría inobjetable en la construcción de imágenes y momentos de esa intensidad propia del cine de género que se siente en el cuerpo. Sin duda, un filme que vale la pena revisitar y pensar, a la luz de todos los pequeños aciertos o apreciaciones pertinentes que lleva a cabo, y también por la singularidad de su propuesta.