El infiltrado del KKKlan. Dirección: Spike Lee. Estados Unidos, 2018. Guión: Spike Lee, Kevin Willmott, David Rabinowitz, Charlie Wachtel (Libro: Ron Stallworth). Elenco: John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier, Ryan Eggold, Corey Hawkins, Robert John Burke, Paul Walter Hauser, Craig muMs Grant, Michael J. Burg, Chris Banks, Tom Stratford, Jasper Pääkkönen, Ashlie Atkinson, Ken Garito, Alec Baldwin.

Spike Lee es un director afroamericano que, desde dentro de Hollywood quiere ‘stick it to the man’, ser la voz de una minoridad históricamente reprimida por el ‘white power’ estadounidense. Pocos directores que trabajan para el gigante de California han dedicado sus obras de forma tan plena y consistente a un compromiso social y político explícito. Son estas las reglas del juego que sus películas establecen: poner en imágenes una realidad sin ataduras, velos, reservas o eufemismos. Cada largometraje repite como un mantra: Estados Unidos está fundado sobre una desigualdad que lo corroe desde sus entrañas. Lee recorre esta verdad con sus historias sobre individuos afroamericanos notables, continuando una tradición de resistencia celuloide que viene de los filmes de ‘blaxploitation’ y desde antes también.

¿Qué lugar ocupa la obra de Spike Lee en esa historia? O mejor dicho, ¿Qué lugar quiere ocupar? A estas preguntas, aunque amplias para cualquier reseña, nos llevan una y otra vez sus películas. Por lo pronto, hay que limitarse a responder en cada caso. El infiltrado del KKKlan tiene una premisa poderosa: el primer policía afroamericano de Colorado Springs (John David Washington como Ron Stallworth) comienza una investigación para desmantelar una agrupación de supremacistas que opera en la población. Para ello, se hace pasar por un hombre blanco y pide a un compañero, Flip Zimmerman (Adam Driver), que lo represente en el contacto en persona con “la agrupación”.

La química entre estos dos personajes es la fuerza principal que empuja la trama durante gran parte del largometraje. La intriga policial, por sí sola, no aguanta las dos horas y quince minutos de duración. Allí debiera ingresar el humor ya que, al fin y al cabo, Infiltrado en el KKKlan se vuelca casi sin restricciones a la veta paródica que se hace presente, con distintas intensidades, a lo largo de toda la obra de Lee. El guión concentra la mayoría de los esfuerzos cómicos en burlarse del elenco de los miembros del Clan: gordos analfabetos, ‘rednecks’ ultraviolentos, demagogos bobos, etc. Salvo por aquellos que pertenecen al cuerpo de policías (con una salvedad), los personajes blancos de esta película se reducen a estereotipos caricaturescos. El humor disparatado y absurdo que surge a raíz de las acciones y palabras de estos individuos (y, es necesario aclarar, del mucho más interesante protagonista y su compañero) funciona hasta cierto punto.

Una vez terminada la película y resuelto el caso (la moraleja parece clara: es necesario abogar por la convivencia pacífica entre sujetos de etnias y religiones diversas [problemática que explora más interesantemente Ryan Coogler con su Killmonger en Black Panther]), el espectador es introducido a un epílogo de un tono radicalmente opuesto al anterior: imágenes actuales que asocian el triunfo de Donald Trump al resurgimiento de tendencias supremacistas, y al final, una bandera estadounidense dada vuelta y en blanco y negro, en un silencio absoluto. La urgencia del mensaje político/ideológico es ostensible, y, por si hacía falta, enmarca la película y cierra cualquier desviación de la interpretación a la que el espectador podría haber incurrido. Ahora bien… ¿qué tal se lleva el tono paródico y el mundo caricaturesco de la película con esa realidad apremiante que nos muestran al final? El sentido político del cine de Lee lo lleva peligrosamente a la lectura maniquea de la realidad (la simplificación de la complejidad que puede llegar a tener la subjetividad o psicología de un supremacista; la heterogeneidad de cuestiones que se ponen en juego a la hora de definir un fenómeno político, social, cultural, histórico como es el racismo; en fin, toda una trama de cuestiones que exigen una mirada crítica que la película obvia anteponiendo su funcionalidad ideológica), pero esto se vuelve aún más peligroso cuando en el último tramo se le quiere dar a la película un ‘peso de lo real’ que no ha construido por sí misma.

Still Recording. Dirección: Ghiath Ayoub, Saeed Al Batal. Siria, 2018. Guión: Saeed Al Batal, Ghiath Ayoub. Elenco: Documental.

Still recording consiste en un documental de dos horas montado a partir de 450 horas de material filmado por diversos camarógrafos en la ciudad de Duma, en plena guerra de Siria. Ghiath Ayoub y Saeed al-Batal echan mano de la cámara para responder a “la necesidad de contar nuestra historia desde nuestra perspectiva”[1]. Se trata, sin duda, de un documental nacido de un sufrimiento real y palpable. El arte puesto en función del testimonio; la cámara como el ojo para los que no pueden ver: los espectadores, ajenos a las miserias de la ciudad destruida y los terrores de los sonidos que hacen los aviones bombarderos al pasar.

Es difícil agregar algo a este documental. Al menos pueden señalarse algunos apuntes, no más que lo que el espectador recuperará viéndolo. Lo que se registra no son solo los momentos de la guerra que incluyen armas y balas, sino sus ramificaciones a otras dimensiones de la vida: la destrucción de un espacio habitable; la fractura de las normas sociales, que se reestructuran y adaptan, y hacen rutina de la violencia; la resistencia que produce en una generación que busca su voz contra todo pronóstico; la diversidad de situaciones absurdas con las que puebla las calles destrozadas de Duma.

¿Cómo se enfrenta, desde el punto de vista formal, este proyecto? Se trata este de un documental muy poco artificioso, que echa mano de escasas estrategias de construcción de la imagen y el sonido; no hay juegos conceptistas ni exploración formal, pues la realidad se le planta rígida y fría como un muro de acero. Hay, hacia el final, un momento especial, en el que los directores hacen uso de un piano para grabar una tonada con la que estilizan el fragmento más bello del filme: ellos, con ayuda de distintas personas de la comunidad de Duma pintan dibujos y grafitis sobre las estructuras destruidas de la ciudad. Por lo demás, el documental es filmación y montaje, pura materia prima del cine, direccionada, apropiada. Esta última palabra es importante: luego de una secuencia introductoria, la película muestra una clase de cine en la que el profesor, usando una película de la saga Underwold, habla acerca de los procedimientos, los dispositivos, las estrategias de construcción de un relato; y habla también acerca de la potencialidad que ese medio, entretenimiento en sus inicios, puede tener en su lucha.

[1] https://www.youtube.com/watch?v=M5MNtJKQ6ME