El telón está bajo. La gente, expectante, murmura impacientemente. Se los espera con ansias por muchos motivos: su larga trayectoria actoral, sus carismas inconfundibles y el sentimiento que vuelven a despertar en los espectadores con solo su presencia, generado hace ya mucho tiempo atrás con cada una de sus numerosas actuaciones pasadas. Por todos estos motivos es una joya tenerlos en la temporada teatral marplatense, que poco a poco se ha ido despojando (y esperemos que este movimiento siga su continuidad) de las plumas y de los comediantes de burdel para afianzar un gusto por lo que se llama coloquialmente el “teatro de texto”. Si bien parece que La Feliz nunca podrá prescindir de las vedetongas de turno, es evidente que el espectador año a año elige mayoritariamente una oferta de calidad y profundidad artísticas mucho mayores que las numerosas puestas al estilo de “Tu cola me suena” (Dios nos libre de esta gente). Finalmente, y luego de lo que han parecido siglos de espera, sumados a una pareja excepcionalmente mimosa en la fila de adelante y un chocolate para matar la ansiedad que generó el ítem anterior, se levanta el telón. Con un ensordecedor aplauso y con el pacto de lectura ya establecido desde la aparición Brandoni y Blanco, da inicio Parque Lezama, una obra inglesa de Herb Gardner y adaptada y dirigida por Juan José Campanella. Se ve una escenografía simple: bancos de plaza, grafitis, hojas secas y pequeños montículos de pasto alrededor del escenario, una colina elevada y un cielo que va marcando el paso de las horas del día, y en el medio de todo, los personajes principales. Se trata de una emblemática plaza porteña (la que le da el nombre a la obra) que alberga numerosas historias que se entrecruzan. Ésta es una de ellas, en la que la vejez y el paso del tiempo, la fugacidad de la vida y la nostalgia del ayer conforman el eje transversal en el que todo se amalgama.

De a poco se comienzan a perfilar, por un lado, las personalidades de estos dos desconocidos ancianos que se encuentran en el parque a la tardecita, y por otro, la construcción gradual de su relación. Así, la historia que se narra y su desarrollo tienen muchas conexiones con la obra cervantina: El Ingenioso Hidalgo (Caballero en 1615) Don Quijote de la Mancha. El personaje de Brandoni, cuyo nombre, León Schwartz,  no es conocido hasta el final de la pieza al igual que en el texto del escritor español, es un jubilado que añora sus épocas de militante político comunista y revolucionario, en donde los ideales se buscaban mediante la lucha en conjunto, por lo que la frustración y el desprecio por la realidad tan chata que le toca vivir lo lleva a forjar y vivir diferentes personalidades, que también utiliza para salir airoso de numerosas situaciones. Esta particularidad del personaje genera numerosas escenas de comicidad durante la obra, constituyendo su principal característica; y los papeles metateatrales aparecen para buscar justicia ante las infamias que va encontrando en su camino. Por otro lado, el personaje de Blanco, Antonio Cardoso, es un encargado de edificio que ha pasado su vida al mando de la caldera de este último, y se encuentra amenazado por el paso del tiempo (un verdadero tempus fugit encarnado en un joven jefe del consorcio que va al parque a ejercitar su físico y su insensibilidad, pretendiendo despedir al anciano en pos de los dioses del Progreso y la Modernización). Se va generando en este Sancho moderno (realista, malhumorado y quejoso, que acepta su vida tal y como es con resignación, y cuyo único propósito es vivir una vida tranquila y sin que nadie lo moleste) una transformación, luego de conocer a este extraño que le devuelve parte de su juventud perdida por el contagio de la pasión idealista. Si bien Cardoso se muestra reacio al principio, y sin ánimos de mantener relaciones con el personaje de Brandoni, poco a poco se va conformando una amistad y por consiguiente una mimetización entre ellos. Schwartz, creador de personajes, logra incluirlo en la lucha por la justicia. Se da entonces, de esta manera, la “quijotización” de Cardoso. Pero también la racionalidad llegará eventualmente a Schwartz por el proceso inverso de la “sanchificación” (una metamorfosis bilateral, un intercambio mutuo). Así, el círculo se completa.

Quijote-y-sancho

Quijote y Sancho, personajes de la obra de Cervantes

La hija de Schwartz emerge sobre el escenario como voz de la racionalidad, buscando como el Ama y la sobrina de Don Quijote, que éste adopte una vida tranquila y sin sobresaltos, alejado de sus actitudes fantasiosas. Este personaje, que busca afianzar a su padre en una vida de retiro, es la única que se ocupa de él frente a la ausencia (en el escenario y en el texto) de los otros hijos, que son mencionados al pasar y carentes de nombre. Su postura, reflejada en su intención de internar al viejo en un asilo, es, efectivamente, la de la voz de la normalidad; el sentido común que acecha e intenta apresar los desvaríos del padre. Ambos han compartido el furor político-idealista que se ve minado por la cotidianeidad de la vida adulta (y podemos llamarla también burguesa o capitalista) y a la que ambos han tenido que ceder para alimentar a sus familias, para ser arrastrados por ella: una línea de la obra dice “cambiaste a Marx y a Lenin por Dolce y Gabbana”.

Por otro lado, la relación entre estos dos personajes (padre e hija; vejez y juventud) da cuenta de las numerosas facetas de lo que significa ser anciano: abandono por parte de los otros hijos, soledad y hasta resentimiento. La indiferencia y las distancias intergeneracionales, sumadas a la nostalgia por un pasado que fue, son contrastadas con las diversas caras de la juventud: la hija de Schwartz, la joven artista, el dealer, el jefe del consorcio y un delincuente que cobra por protección a los ancianos. La mirada cervantina está presente nuevamente en el estudio de la problemática social, en este caso, en la complejidad de las relaciones entre grupos etarios. No es arbitraria la metáfora espacial según la cual los ancianos se mantienen en la tierra, mientras que las apariciones de los jóvenes se realizan desde la colina.

Una vez más, el telón baja. Lentamente, las butacas se vacían, y el teatro esperará hasta la noche siguiente para iniciar nuevamente. Como la rueda del tiempo y de la Fortuna, todo vuelve a comenzar, todo se reformula, y todo se conecta: como Gardner y Cervantes, como Quijote y Sancho, como Schwartz y Cardoso. La temporada teatral marplatense se complace en presentar  Parque Lezama.