1. “No es preciso tener culpa para ser culpable”. Esta oración puede leerse al menos en dos sentidos. Uno, que yo puedo ser culpable aún si no siento culpa. El otro, que aún sin ser culpable de un hecho, puedo ser juzgado como tal. Tres nociones, entonces (sentir culpa, ser culpable, ser juzgado como culpable), que conviene tener presentes a la hora de enfrentarnos a la obra de Saramago.

En El evangelio según Jesucristo (1991), el autor portugués nos ofrece un relato sobre la vida de Jesús y sus padres. La narración se detiene mucho más en la cotidianeidad de la vida de José y María, y luego en la juventud de su hijo, que en los grandes hitos que nos refieren los evangelios. Este mundo cotidiano está plagado, sin embargo, de seres sobrenaturales. Lejos de pretender negar o explicar el relato de forma “racional”, Saramago aprovecha estos elementos al máximo. Figuras angélicas y demoníacas intervienen en los hechos, hablan con los protagonistas, y presagian la llegada de un evento asombroso.

A lo mejor la historia de José, y luego la de Jesús, nos hacen acordar a la forma de la tragedia griega: el héroe que busca librarse de un destino inevitable, el cual finalmente padece. La pequeña gran diferencia está en la forma de entender ese destino. Ya no como una ley o fuerza neutra, sino en tanto voluntad de un dios personal, Yahvé. ¿Cómo se conjugan estos elementos? El dios de este evangelio se parece mucho al dios de Guillermo de Ockham: su principal atributo es la omnipotencia. El filósofo y teólogo del siglo catorce pensaba en un poder divino que no se sujeta ni obedece a nada. Si lo hubiera querido, dice Gilson, hubiera sido meritorio el acto de odiarle. Volviendo sobre la novela, entonces, es la voluntad divina la que conduce los hilos de la historia.

Una de las constantes que prevalece a lo largo de toda la narración será el tono pesimista, impotente, que se desprende de la fragilidad de los hombres frente al destino que Dios les impone. No en vano el narrador nos acerca tanto a los personajes, ni refleja con tanta crudeza (e ironía) sus incertidumbres, su dolor y su culpa. Es en toda su humanidad, así, como vemos a Jesús, a José, a María; es mediante esta intimidad que llega a producirse la identificación y la empatía con ellos. La vida del hombre es esencialmente dolor, y se juega entre las nociones de culpa e inocencia. Pero la obra nos advierte: “Dios no perdona los pecados que manda cometer”.

2. Por otro lado, es la misma voz del narrador la que nos permite tomar distancia respecto de la individualidad de cada personaje. Y es esta voz la que, a través de sus incesantes intervenciones, nos insinúa el planteo de un problema que trasciende la materialidad del relato. La descripción del dios que nos presenta Saramago está aún incompleta. Su naturaleza permanece oculta, se nos presenta por partes, hasta el desenlace. Allí la obra hará coincidir la voluntad y los métodos de este dios ficticio con (el propósito y los métodos de) una institución que excede los propios límites del texto, en tanto pertenece al ámbito histórico: la Iglesia católica.

Mediante el absurdo del planteo (un dios perverso que respalda el accionar de la Iglesia), la obra permite el pensamiento crítico, porque fuerza al lector a encontrar una solución diferente a la que ella misma nos muestra. La respuesta que el texto parece exigirnos nos enfrenta, o bien al problema de la existencia de Dios (o al de sus atributos), o bien al rol de la Iglesia a lo largo de la historia; porque creer en un dios-amor que promueve guerras santas e inquisiciones suena, sencillamente, insoportable.