Vivir con otra gente siempre es un bardo. Que el baño a esta hora es mío; que yo estaba primero en la fila; que eso no lo como ni aunque me paguen. El eterno problema de cómo hacer para vivir con otros y no matarnos en el intento. Bueno, cuando llevamos este problema a dimensiones más amplias (es decir, que involucran a mucha más gente que a los tipos que me cruzo todos los días) y un poco más complejas (y por eso más delicadas), la cosa se pone tan conflictiva como interesante.

Si lo que buscamos es, entonces, vivir con otros sin matarnos por las diferencias, no parecen quedar muchas alternativas al diálogo: reconocer el problema, escuchar, proponer, y todo el tira y afloje que ya conocemos. Bueno, esto es un poco lo que pretendieron hacer dos tipos del “mundo académico” en el año 1996 [1]: Carlo María Martini, en ese momento obispo de Milán, y un peso pesado como Umberto Eco, a quien nos negamos a clasificar.

Presentar a alguien como obispo nos lleva necesariamente a un ámbito específico, el religioso. Y es que los problemas en torno a los cuales Martini y Eco van a discutir están vinculados explícitamente a ese terreno. Los temas que tratan constituyen problemas “de ética”, y casi todos tienen, veinte años después, una vigencia innegable: entre ellos destacan el aborto y la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Pero, como plantea Martini, “es evidente que toda discusión acerca de temas éticos particulares lleva siempre a preguntarse sobre sus fundamentos”. (83) Es decir que los problemas puntuales emergen como las “excusas” para el debate. El telón de fondo del diálogo, lo que verdaderamente se está discutiendo, puede plantearse más o menos así: la necesidad de “que exista un terreno común para laicos y creyentes en el plano de la ética, para poder colaborar juntos en la defensa del hombre, de la justicia y de la paz”. En otras palabras, cómo hacer para bancarnos los unos a los otros, especialmente en los puntos sobre los cuales tenemos distintas opiniones, y no sacarnos los ojos.

Afortunadamente los interlocutores (casi) no buscan exponer su propio sistema de creencias (al menos no de forma gratuita), lo cual sería no solo improductivo sino un embole. Un diálogo supone un movimiento; no siempre se llega a algo así como una conclusión, pero sí a un lugar diferente del cual partimos. Por estas razones, de las ocho cartas que forman este diálogo, terminan siendo más interesantes las discusiones que “preguntan sobre los fundamentos”, y aquellas que exploran las formas legítimas de hacer preguntas y críticas, que los aportes a los temas particulares ya mencionados. De todas ellas destacamos un par.

La primera apunta concretamente a la cuestión de la convivencia, y puede pensarse como una serie de preguntas que giran en torno a la libertad de los hombres y a la autonomía de las instituciones (en este caso religiosas). ¿Hasta qué punto es legítima la crítica de un individuo hacia el código ético de una religión a la que él mismo no pertenece? Pensemos, como Eco, en los conflictos que se desatan con los divorciados o los homosexuales en la Iglesia católica; o en casos más extremos, como la negativa a recibir donaciones de sangre de los testigos de Jehová. Eco coincidirá con Martini en que es absurdo que, por ejemplo, una persona homosexual pretenda ser aceptada sin más en el seno del catolicismo, porque de antemano sabe cuál es el código ético que impone dicha institución.

En segundo lugar, Martini pregunta cómo una persona no creyente (o no católica) puede construirse y justificar un código ético que tenga tanto valor como el de un creyente. Eco le contesta que una ética laica puede ser entendida como una “ética natural”, inmanente, basada en el “respeto a la corporalidad ajena” y en la premisa de que sólo nos reconocemos ante la mirada de los demás; y que pretende ser común a laicos y católicos. Porque, después de todo, no tendría sentido buscar divisiones tajantes. Eco agrega, no sin cierta ironía:

“Lo que usted me pregunta, sin embargo, es si esta conciencia de la importancia de los demás es suficiente para proporcionarme una base absoluta, unos cimientos inmutables para un comportamiento ético. Bastaría con que le respondiera que lo que usted define como fundamentos absolutos no impide a muchos creyentes pecar sabiendo que pecan, y la discusión terminaría ahí”. (91)

En su última carta, y con una actitud bastante kantiana, Eco concluye lo siguiente: “Si quedan, como lógicamente quedarán, ciertos márgenes irreconciliables, no serán diferentes de los que aparecen en el encuentro entre religiones distintas. Y en los conflictos de la fe deben prevalecer la Caridad y la Prudencia.” (97)

[1] Lo de “pretendieron” es un poco retórico; la idea nació de una revista italiana y los dos se prendieron. El diálogo fue titulado “¿En qué creen los que no creen?”.