En 1997 Umberto Eco publicó un pequeño rejunte de cinco ensayos de temas diversos, encarados siempre desde una perspectiva ética. El asunto podría resumirse en la siguiente pregunta: ¿Cuál es la postura correcta del hombre ante estos fenómenos cuya volatilidad resulta, en el mejor de los casos, problemática? Los motivos son: la guerra, el fascismo, el periodismo, el otro y el fenómeno de los inmigrantes en Europa. No debería sorprender la actualidad de estos asuntos: como hijos de la modernidad, cargamos con sus demonios, los vestimos de prendas diferentes, los ocultamos en los pliegues de las nuevas modas, pero allí están, como obsesiones que no podemos dejar atrás.

Mi intención es revisar dos de los cinco escritos morales para recordar a Eco y también para considerar sus palabras respecto de dos temas que resultan interesantes: en primer lugar, la función intelectual, cuyo deber moral es combatir, a fuerza de tinta digital y banderazos, los feos caminos que sabe tomar el (in)consciente colectivo; por otro lado, el fascismo, cuyo resurgimiento observamos aterrados (algunos) en nuevas prácticas sociales y viejos discursos magnificados por la encantadora mascarada que son las redes sociales.

I. La primera de estas reflexiones se titula Pensar la guerra. La oración posee dos núcleos semánticos. Si bien Eco se concentra sobre todo en el segundo -la noción de la guerra y sus posibilidades de existencia- también desarrolla el primero. Habla principalmente de algo que denomina “función intelectual”. A partir de esta parte de la exposición, mi idea es problematizar y defender el pensamiento como actividad política.

Dos citas: “Con todo, las reflexiones que siguen deben valer vayan como vayan las cosas. Es más, deben valer con mayor razón en el caso en que la guerra permita conseguir resultados ‘fructíferos’, precisamente porque esto podría convencer a todos de que la guerra es aún, en ciertos casos, una posibilidad razonable. Mientras que es un deber negarlo.” (13-14). “Los intelectuales como categoría son algo muy vago, ya se sabe. Diferente es, en cambio, definir la ‘función intelectual’. La función intelectual consiste en determinar críticamente lo que se considera una aproximación satisfactoria al propio concepto de verdad.” (15).

Dos comentarios: Eco explora en estas instancias el deber moral del intelectual, y su posición conflictiva en los acontecimientos del mundo. Ante la guerra, el intelectual debería utilizar su voz privilegiada para hacer eco del grito pacifista. Ahora bien, el italiano parece defender a aquellos pensadores que se mantienen al margen de las sentencias sobre la guerra mientras ésta ocurre. Esto es porque la función intelectual, dentro del tejido social, debe ser la de explorar los caminos contradictorios de la verdad, o en otras palabras, los espacios intermedios en los que el “sentido común” tambalea, y que constituyen, en todo caso, esa característica múltiple y caótica propia de la realidad.

“El intelectual no debe tocar el clarín de la revolución” (15) dice Eco. Lo que está en cuestión es el peso del deber político del intelectual –pues, como se ha hecho claro con la llegada de las redes sociales, todos somos seres políticos y toda acción está cargada de ideología; de ello no está exento el pensador, por más objetividad que quiera aparentar-. Pareciera haber una disonancia entre la obligación de pensar, y la de actuar: la acción requiere una vista gorda, una determinación por cambiar el rumbo de la historia que ningún intelectual puede adoptar. El intelectual no es ni periodista, ni revolucionario. Eco compara la figura del intelectual a la de Pepe Grillo: una suerte de vocecita cuyo rol es el cuestionamiento constante, aún de los propios ideales. En el mundo cada vez más veloz, el intelectual intenta ejercer una decisión moral que le es propia: calzarse el disfraz de Pepe Grillo y buscar oyentes aún en territorios que le son hostiles, pues exigen de él una postura política inmediata, un energético llamado a la verdad de la acción.

II. Eco comienza el segundo escrito –titulado El fascismo eterno– a modo de relato, contando desde su perspectiva de niño de trece años el éxito del movimiento partisano y la caída de Mussolini. ¿Qué queda –se pregunta esa voz narradora- luego de la caída del régimen? ¿La memoria y la libertad? ¿Solo la obligación de rememorar lo terrible del fascismo cuando está institucionalizado en el gobierno y naturalizado en el discurso de las masas? El título del pequeño ensayo es significativo. Luego de relatar la anécdota, la voz retoma sus características iniciales y comienza a meditar sobre la supervivencia del fascismo en la sociedad. Para ello cambia el enfoque con el que piensa el fascismo, y lo piensa como “una manera de pensar y de sentir, una serie de hábitos culturales, una nebulosa de instintos oscuros y de pulsiones insondables” (38). Se comprende a partir de esto un cierto esquema de funcionamiento, según el cual este fenómeno penetra en el imaginario social atacando sus puntos débiles: enlazándose a otros discursos, otros ideales, otras éticas aparentemente inofensivas.

Al describir la inconsistencia ideológica del fascismo italiano como movimiento –filosófico, cultural, político-, el pensador habla de un “totalitarismo difuminado”, una yuxtaposición de diferentes ideas, incoherente en sí mismo pero estructuralmente funcional: en tanto sistema de creencias flexible y no exclusivo, el fascismo se adopta a distintos territorios y momentos históricos; funciona como un comodín; un juego de reglas universales al cual todos pueden unirse. Las reglas se formulan a modo de discurso, que va, más o menos así: al apropiarse de la verdad, todo saber o reflexión posterior queda inmediatamente anulado; la acción es lo único que vale, por lo que el pensamiento estorba el progreso. “La cultura es sospechosa” (50); el fascismo se construye desde una iniciativa de identidad y unidad en defensa de una amenaza, un otro diferente que hace tambalear las certezas de una colectividad; en sintonía con lo anterior, el fascismo se alimenta de las crisis y promete un renacimiento social; “Para el fascismo no hay lucha por la vida, sino más bien, ‘vida para la lucha’” (52); por último, se construye un ideal de héroe, que puede ser realizado por cualquier individuo. El sacrificio del sujeto permite la supervivencia de la raza.

Con el resurgimiento de ciertos movimientos fascistas en los últimos años, las palabras de Eco siguen tan presentes como siempre. A la muerte –del hombre, del pensamiento, de lo diferente- que trae el fascismo, se le opone el pensamiento, que va siempre de la mano de la vida. Vivir es pensar críticamente, ejercer la función intelectual desde dentro de las instituciones sociales; abogar por una revolución íntima, pequeña, que estalle en cada hogar, entre todas las personas. Quiero terminar con una cita larga pero necesaria del filósofo francés Gilles Deleuze, en un seminario sobre Spinoza: “Spinoza quiere decir algo muy simple, que la tristeza no vuelve inteligente. En la tristeza, estamos perdidos. Por eso los poderes tienen necesidad de que los sujetos sean tristes. La angustia nunca ha sido un juego de cultura, de inteligencia o de vivacidad. Cuando usted tiene un afecto triste, es que un cuerpo actúa sobre el suyo, un alma actúa sobre la suya en condiciones tales y bajo una relación que no conviene con la suya. (…). Lo que Spinoza nos dice está pleno de sabiduría. Por eso pensar en la muerte es la cosa más inmunda. Él se opone a toda la tradición filosófica que es una meditación sobre la muerte. Su fórmula es que la filosofía es una meditación de vida y no de muerte. Evidentemente, porque la muerte es siempre un mal encuentro.”