Hoy tuve una experiencia distinta: asistí por primera vez a un desfile de modas. Si piensan que es un evento frívolo donde lo que importa es el exterior, la cáscara, el aparentar, que nuestras mentes recién adoctrinamiento estético, que nuestras niñas consumen ideales de belleza irreales y que el único objetivo de estos eventos es fortalecer la idea de consumo, están totalmente equivocados. Es eso, y mucho más. No me malinterpreten, disfruto de la estética y el arte que va por detrás del diseño de la indumentaria. Considero, además, que es un excelente lienzo en el que los artistas y aficionados pueden desarrollar numerosas vetas artísticas y de expresión. Lo que me despertó esta reflexión fue la construcción de la situación.

A pesar de todos estos pensamientos poco felices que acudían a mis oídos como sirenas de bomberos pude logar distraerme y disfrutar del espectáculo desde mi butaca en primera fila. Allí tuve la oportunidad de ser un testigo privilegiado de lo que Deleuze llama la máquina capitalista. El mercado arrastra a los compradores (que pierden bajo esta concepción el rasgo de persona) a una vorágine de consumo interminable, de la que nunca se puede escapar. La moda es en sí un elemento clave en este mecanismo, siempre inagotable, siempre cambiante, siempre desechable. Acompañada de su gran aliada, la publicidad, esta máquina se pone de manifiesto en un simple desfile de ropa ante señoras que desean mantenerse vigentes y sentirse jóvenes y bellas (los valores más preciados e inculcados a las mujeres por el sistema capitalista y patriarcal). Los bolsillos de las víctimas son succionados por las aspiradoras de dinero alimentadas por la llama eterna del deseo de pertenecer a un sector privilegiado, capaz de acceder a aquellos productos de baja calidad exhibidos a precios desorbitantes. “Quien parece, es”, este es el gran axioma que ejerce presión sobre nuestras cabezas diariamente; a partir de él se estructura la vida burguesa desde su ascenso al poder y continúa vigente hasta nuestros días. Hasta el mismo Monsieur Jourdain, el famoso nuevo rico de Moliere, podría haber estado sentado entre los asistentes, buscando qué elementos de indumentaria podría incluirlo en la lista de los VIP marplatenses. Beatriz Sarlo en Escenas de la vida posmoderna dice: “el deseo es, por definición, inextinguible. (…) lo nuevo se impone con su moto perpetuo. También el mercado o, mejor dicho, en el mercado más que en ninguna otra escena”. El sistema se retroalimenta a sí mismo expandiéndose silenciosamente.

Christian Dior, influyente modista

No solamente la publicidad está dirigida hacia el individuo, sino que lo hace hacia la masa de posibles compradoras en su conjunto, con la finalidad de arengar la excitación y la euforia que incite al gasto. Ver a esas mujeres salir corriendo hacia los percheros para poder ganarle a la de al lado y poder adquirir una prenda extravagante a precios exagerados me hizo pensar en todas estas cosas. La publicidad no solamente nos dice lo que hay que tener, sino que nos dice cómo tenemos que comportarnos, hablar, qué tenemos que desear, cuales son los valores y los estados de vida a los que aspirar, si queremos estar dentro del grupo de los in. Si el tener es más que el ser, no podemos extrañarnos de que las grandes empresas lucren en simultáneo con otros grupos socioeconómicos, como lo son los más desfavorecidos. Estos son los más afectados por las reglas del sistema: ante las grandes desigualdades con las clases dominantes, se esfuerzan por pertenecer o alcanzar la ilusión de pertenencia, consumiendo y exhibiendo sus consumos. Estos sectores son arrastrados con mayor crueldad y sadismo por la máquina capitalista que nació y se legitimó con el ascenso de la burguesía al poder. Las palabras se visten de maravillas y crean un mundo de aparente felicidad, que resulta ser tan efímera como los artículos tendencia de la temporada en curso. Eso fue el desfile, una publicidad fuerte y potente pero encubierta, a la manera de los youtubers o también llamados influencers (porque “vendedores especializados en niños y preadolescentes” resultaba muy largo).

Tal vez fue el catering insuficiente o la señora que se llevó el último pastelito de chocolate los que me despertaron tales pensamientos negativos sobre el evento social al que asistí. A pesar de las corridas hacia los percheros ni bien se habilitaron, logré salir ilesa sin ningún pisotón. Como decíamos anteriormente: si bien la indumentaria es un excelente instrumento para el arte o la expresión eso se vio corrupto por el mercado. Una lástima, amé ese vestido.