¿Qué utilidad tiene leer clásicos? ¿Cuál es la finalidad en atravesar las aventuras del Amadís de Gaula, libro de caballerías escrito en un español antiguo latinizado? ¿Dónde está el atractivo en bancarse tres horas de un filme japonés de la década de los ’50 en blanco y negro? Creo que es interesante pensar la relevancia de esos viejos vinagres, cuyo cadáver debería haberse convertido en polvo hace tiempo, pero que sin embargo insisten y se replican en el imaginario cultural contemporáneo. Quiero hablar de los clásicos, defenderlos de aquellos que –como yo- sienten bajo sus hombros el tedio de la imposición canónica cuando los leen. ¿Cómo sobreviven, inmaculados, estos cadáveres de la historia? ¿Será que, a fuerza de puro rezo, la santa academia interviene por la incorruptibilidad de sus páginas? ¿Será que la academia, cual Frankenstein trastornado, aislado en la torre más alta descarga uno y otro y otro rayo a ese cuerpo artificial, desbaratado y vuelto a cocer, para el placer de unos pocos jorobados que observan? Sobre estas preguntas reflexiona Italo Calvino, en un texto póstumo que se publicó en 1993, titulado Por qué leer los clásicos. El italiano dice: “un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima”.

Como dije anteriormente, mi intención es hacer de abogado del diablo y defender a los clásicos, justificar su infame presencia en este tiempo que no los vio nacer. Para eso, voy a recurrir a otra de las definiciones parciales del término “clásicos” que ensaya Calvino: “los clásicos (…) se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose en el inconsciente colectivo o individual”. Se me vuelve obligatorio aclarar qué entiendo por “cultura”: en resumen, un conjunto de manifestaciones mediante las cuales el hombre comprende y explica la realidad; a través de los cuales recuerda selectivamente algunos acontecimientos; aquellas con las que justifica la posición que a sí mismo se da en el curso de las cosas y el hogar que se ha construido, a fuerza de ficción y narración, en ese caos al que llamamos vida. En este esquema, los clásicos serían los “grandes hitos” de esa memoria colectiva. Por eso, al leerlos, hay algo de familiar, una suerte de deja vu.

Deja vu que por otro lado, no deja de ser siempre llamativo. Así como cuando nos escuchamos repetir algo que nuestros padres decían mucho, leer un clásico genera una sensación ambivalente, de familiaridad y extrañeza. Entre el texto clásico y el no clásico se teje silenciosamente una conexión oculta, secreta, pero cuya percepción es inconfundible. Hasta podríamos decir ominosa: lo conocido es también inquietante. Tal vez lo siniestro de la cercanía que sentimos con cosas tan antiguas esté vinculado a la sospecha de que todo está destinado a repetirse –Nietzsche-, o a esa bella idea borgeana que, al enseñar su certeza irrebatible, se vuelve monstruosa: todo libro repite lo que ya otro ha dicho.

Italo-Calvino

Italo Calvino, escritor italiano.

Habiendo dejado de lado la aburrida introducción conceptual, puedo dar inicio a mi pequeño alegato por los clásicos. Me gustaría traer a colación un ejemplo de esquema argumental o género narrativo que se repite desde la Grecia Antigua hasta los contemporáneos filmes de Hollywood: la tradición de la epopeya; el viejo relato del héroe y el viaje. Vamos a lo inmediato, lo masivo entre lo masivo: la historia de Frodo Bolsón según es narrada en la trilogía de largometrajes dirigidos por Peter Jackson. Esta narración épica que concluye con la conformación de Frodo como héroe se desarrolla en un sentido similar al viaje que Dante (personaje) lleva a cabo a través de las tierras del inframundo en La Divina Comedia, compuesta por Dante (escritor) hace ya siete siglos.

Un héroe, una aventura. Parece que la historia del hombre es siempre la de la travesía, a lo largo del mundo y de sí mismo. La metáfora es, entonces, la misma hace siete siglos que ahora: la vida como un viaje. Dante transita el inframundo para purificar su alma y recobrar el recto camino que ha perdido en los avatares de su estadía en la tierra. Para ello, parte de las entrañas del infierno, en un camino de ascensión, para culminar en el estado de puro éxtasis espiritual, con la adoración eterna de Dios. La travesía de Frodo es, desde esta perspectiva, inversa: empieza en la Comarca, un “locus amoenus” que recuerda a los Campos Elíseos con su césped verde, y su aire siempre puro, y desde allí desciende progresivamente hasta el corazón de Mordor, tierra de tinieblas, demonios y fuego. Ambos héroes, padecen durante su gesta un gran malestar, contemplan imágenes que los cambian para siempre, crecen hasta el punto de superar su mortalidad y , finalmente, son bienvenidos en el territorio de lo imperecedero –Dante en el círculo más íntimo del paraíso junto a su amada Beatriz, y Frodo, en el barco que lo lleva, junto a los elfos, a las tierras  de “Aman”, el reino bendecido.

Hay, entonces, dos cuestiones indudables: por un lado, el arte funciona creando sentido, es decir, ayuda a construir el mundo que nos rodea; por otro lado, tanto la imagen del héroe, como la noción del viaje, son fundamentales en el imaginario occidental. A lo largo de la historia de nuestra cultura, siempre ha habido un héroe: Odiseo, Beowulf, el Mio Cyd, el monstruo de Frankenstein, Sherlock Holmes, Gregorio Samsa, Alekséi Ivánovich, el Capitán América. Ese héroe se ha consagrado como tal luego de realizar una travesía vinculada a una serie de obstáculos. Si el héroe encarna un conjunto de creencias, valores e ideologías, el viaje representa la puesta a prueba de esa cosmovisión; la lucha humana por traer sentido a la existencia, y hacer valer esos movimientos de la consciencia con los cuales buscamos apresar el universo.

Entonces ¿por qué hay que leer los clásicos? En principio, porque son parte de la familia: los abuelos cuyas historias nos volvemos a contar de mil formas. Si los leemos entre líneas, nos encontramos a nosotros mismos, porque esa misma lucha que se gesta en cada página –la del hombre que busca crear sentido- es la misma que enfrentamos día a día. Por eso, hay que devorarse las nueve horas de The lord of the rings –versión extendida-, luego, leer los cien cantos de La Divina Comedia, y por último, algo cansados, festejar por la circularidad tan significativa de la historia humana.