LAURA (1944) narra una historia de un asesinato. Laura Hunt, una joven y bella emprendedora que mantiene relaciones con la alta sociedad neoyorquina, es encontrada muerta en su departamento. El suceso produce un quiebre en el orden de las cosas. La compleja red de manipulaciones, sentimientos ocultos y pequeñas vergüenzas de los personajes involucrados se tambalea con la llegada del detective adusto, Mark McPherson. Este acto inaugural abre las posibilidades narrativas como en una obra de teatro: el espectador ingresa al mundo de Laura a través del personaje de Dana Andrews, y el misterio encauza el ritmo y el devenir narrativo. Los personajes hacen eco de los del cine noir, y aunque falten los claroscuros marcados y el vapor de las calles durante la noche, las reglas son las mismas: la vida es un juego en el que todos hacen trampa.

Sin embargo, Laura no es como las femme fatale de los filmes de los ‘50. Su aparición en la película es ilusoria, evasiva. La cámara siempre la filma desde afuera; como público, nuestro conocimiento de sus pensamientos es limitado, y solo la vemos desde el punto de vista de los demás: joven, exitosa, codiciable. Ella instaura otro registro en el filme: el onírico. Entra en escena en una secuencia casi fantástica: regresa silenciosamente a su departamento, allí donde había muerto; encuentra su camino de nuevo al mundo, y su visión es, desde el punto de vista del detective, producto del sueño. En esta doble ruptura, Laura vuelve a mostrar su capacidad para quebrar ese mundo de sombras amenazantes que es la escena noir; aparece inadvertida y se muestra inaprensible para los sujetos que la rodean. Ella es la protagonista del relato, el fantasma que da movimiento al filme y se introduce como un agente extraño en el universo de máscaras y juegos de palabras de los demás personajes, y lo cambia, lo ilumina, lo saca de la noche y lo trae al día.

LAURA es una película seductora. Por estas y otras razones, vale la pena acostumbrarse al blanco y negro y tratar de ver su potencial y su belleza. Otto Preminger dirigió hace más de 70 años un largometraje que nos sigue hablando el día de hoy; más allá de la distancia cultural, de la dificultad de hacerse de un registro que nos es ajeno, LAURA, como su protagonista, vuelve de entre los muertos, resurge en la escena actual y sigue fascinando aún en tiempos de remakes y CGI.